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HÔPITAL REYES  CATHOLIQUE

Andalucía se revela, a menudo, como un espejismo de sol abrasador y playas que concentran la atención del viajero. Sin embargo, existe otra geografía cultural, menos transitada y profundamente reveladora, donde ciudades como Carmona custodian un legado de riqueza excepcional. Sobre una alta meseta que domina la vega del Guadalquivir, Carmona no solo guarda la historia; la exhibe en cada sillar y en cada sombra.

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Fotos y Textos : Guillermo Cachero

Carmona no es solo una ciudad; es un testamento vivo cuyos orígenes se hunden en el tiempo, hace más de medio millón de años. Su ubicación no fue azarosa, sino estratégica: erigida a 258 metros de altitud, se alza como un vigía natural sobre Los Alcores, la Vega y las Terrazas, dominando un horizonte que ha custodiado desde la Edad del Bronce hasta nuestros días.

La historia documentada ofrece sus primeros destellos en el siglo XVIII a.C., con rastro de cabañas circulares excavadas en la roca.

 

Estos asentamientos parecen apuntar a un desarrollo que, hacia el primer milenio antes de Cristo, parece coincidir con lo que se cree fue la civilización tartesia. Sin embargo, el rastro de estas culturas tempranas y de la posterior etapa cartaginesa es esquivo; no se sabe con certeza si la escasez de registros se debe al paso del tiempo o a que la posterior ocupación romana desdibujó —o destruyó— gran parte de lo que allí se erigía.

No existen datos directos de la civilización tartesia porque ellos no dejaron nada escrito. La información que poseemos procede de autores griegos y romanos como Heródoto, Hecateo, Apiano, Diodoro o Estrabón. Es Heródoto quien menciona el reino de los tartesios como el primer estado organizado de Iberia, regado por el río Tartessos (el Betis romano o Guadalquivir árabe) y gobernado por el longevo Argantonio, que según Herodoto llegó a vivir hasta la edad de 125 años.

Y parece ser que lo que para los griegos fue Tartessos, para los romanos fue Turdetania. Las investigaciones actuales confirman una civilización que ocupaba el bajo Guadalquivir, Huelva, el Algarve y yacimientos extremeños como Cancho Roano o El Turuñuelo. Se cree que los turdetanos, cuyos restos sí son tangibles en Carmona, eran los descendientes de aquel horizonte tartésico o, quizás, el nombre con el que Roma rebautizó una misma realidad étnica y cultural.

Esta civilización llamese tartesica o turdetana, se sustentaba en una economía basada en  una  agricultura y ganadería sofisticadas, junto a un dominio experto de la navegación. Pero su pilar fue la minería: la extracción de cobre, azufre y estaño permitió desarrollar una metalurgia del bronce esencial para el Mediterráneo. que fue fundamental para la fabricación del Bronce y de ahi que la ruta comercial con los fenicios que lo intercambiaban por marfiles, perfumes, vino, aceite y nuevas tecnologías como el torno de alfarero.  

Este esplendor comercial inició su declive tras la caída de Tiro, la gran ciudad fenicia, ante la invasión siria. A partir de entonces, el comercio quedó en manos de griegos y cartagineses. De este contacto cultural Carmona heredó el cultivo del olivo, la vid, el torno alfarero y el perfeccionamiento de la fundición, elementos que transformaron para siempre la economía local.

 

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En Carmona, el asentamiento se desarrolló en el extremo norte, en el actual barrio de San Blas. Allí, en lo que fue la casa del Marqués de Santillo (en la antigua judería), la arqueología ofrece certezas: un muro de 1,10 metros de anchura del siglo VI a. C. El paño, construido con piedras de alcor aplanadas y juntas calzadas con ripio, se une a un machón de sillares colocados a soga y tizón. Este muro, de un estilo puramente oriental, ha sido reproducido en el Museo de Carmona como prueba de la organización urbana de la Turdetania.​

En la misma excavación se halló un conjunto cerámico de valor incalculable que revela la conexión de Carmona con el mundo egipcio y mediterráneo:El Grifo: Criatura mitológica con cabeza de águila y cuerpo de león, presente en vasijas y cucharas de hueso, adoptada hoy como símbolo de la ciudad.La Flor de Loto: Representada en vasijas que muestran su ciclo vital (nace, crece y muere), testimonio de las intensas relaciones comerciales con el Mediterráneo oriental.​

 

 

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El Alcázar de la Puerta de Sevilla.El escudo de la ciudad.

Carmona no se puede entender sin su Alcázar de la Puerta de Sevilla, un organismo de piedra que ha respirado el paso de los siglos. La ciudad, consolidada como un enclave cartaginés fundamental, debe su primer gran aliento militar a este pueblo de ascendencia y cultura fenicia. Como civilización independiente, los cartagineses grabaron su pericia técnica en la roca, iniciando la construcción del imponente complejo defensivo que hoy es símbolo de su valor estratégico en la Península. Es aquí, en esta simbiosis fenicio-púnica, donde nace el alma guerrera de la ciudad.​

Aunque el ímpetu de las civilizaciones previas pudo quedar desdibujado —o incluso destruido— por la voluntad de Roma de asentar su poder absoluto, la Carmo romana se erigió con una monumentalidad sin precedentes sobre la base cartaginesa. La conquista se selló en el año 206 a.C., tras la batalla de Ilipa durante la Segunda Guerra Púnica.

Los ingenieros romanos no solo reforzaron la estructura púnica, sino que blindaron el perímetro con gruesas murallas, fosos, empalizadas y bastiones. De las cuatro puertas originales que custodiaban la urbe, hoy solo sobreviven como testigos la de Córdoba y la de Sevilla. Fue en este periodo cuando se construyó el templo en el bastión y la ciudad adquirió el aspecto imponente que, en esencia, conserva hasta nuestros días.​

Tras la caída del Imperio, Carmona fue habitada por los visigodos desde el siglo VI hasta el año 711. Sin embargo, este fue un periodo de calma arquitectónica en el Alcázar, quizás debido a la brevedad de su ocupación. El rumbo de la historia cambió de nuevo en el 713 con la conquista musulmana. Carmona se integró en el Califato de Córdoba hasta que, en la era de las Taifas, se anexionó a Écija para formar el Reino Taifa de Qarmuna, antes de ser absorbido por el Reino de Sevilla.

Durante el dominio islámico, la fortaleza vivió una metamorfosis. Los musulmanes demostraron un respeto reverencial por la configuración previa, manteniendo las cuatro puertas romanas pero elevando el complejo a un nuevo nivel: reforzaron las murallas, modificaron la altura de la Torre del Homenaje y añadieron los emblemáticos arcos de herradura de la puerta principal, integrando elementos defensivos andalusíes sobre la sólida base romana.​

En 1247, Fernando III el Santo recuperó la ciudad para el mundo cristiano. El Alcázar mantuvo su fisonomía hasta el reinado de Pedro I de Castilla (1334-1369), quien transformó la fortaleza en residencia real incorporando dependencias como los Salones de los Presos.

Hoy, el conjunto se define por la dualidad entre el Alcázar (la primitiva fortaleza) y la Puerta de Sevilla, conectadas por el "Intervallum". La maestría de esta obra se aprecia en sus accesos:

La primera puerta: Un sofisticado juego de ingeniería que combina un arco de herradura apuntado con otro de medio punto enmarcado por un alfiz, rematado por dos arcos de medio punto bajo una bóveda de cañón.

La segunda puerta: Un paso firme formado por dos arcos de medio punto y su correspondiente bóveda de cañón.​

Este hilo de continuidad culmina en la Qarmuna musulmana del siglo XI, cuya herencia religiosa late aún en el corazón de la ciudad. Al levantar la mezquita aljama, los constructores respetaron el trazado previo; por ello, hoy podemos admirar el Patio de los Naranjos y los restos del alminar integrados en la Iglesia Prioral de Santa María.

Desde el escudo de la ciudad hasta el último sillar del Alcázar, Carmona es un diálogo de piedra entre culturas. Un lugar donde la ingeniería fenicio-cartaginesa, la grandiosidad romana y el arte andalusí terminan por fundirse en un mismo muro, custodiando la memoria de medio millón de años.

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La Ciudad de los Muertos y el Culto a Mitra

A las afueras, la Necrópolis romana guarda uno de los descubrimientos más fascinantes de la península. La Tumba del Elefante, llamada así por la pequeña escultura hallada en su interior (cuya original está en el museo), no fue solo un sepulcro. Su estructura de estanques, pasillos y mesas de culto sugiere que fue un Mitreo. Durante los equinoccios, el sol penetra para iluminar la figura de Mitra, el dios persa de la luz y protector de los guerreros, cuya devoción entre las legiones romanas era absoluta.

Cerca se halla la Tumba de Postumio, jefe del ejército en el siglo II d.C., restaurada en 2020 para recuperar sus frescos de coronas de laurel. Y, sobre todo, la Tumba de Servilia, cuya escala de villa romana con patio porticado refleja el poder de una familia llegada de Roma para controlar el comercio del aceite en el Betis.

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El Alcázar de Arriba y el Palacio del Rey Don Pedro

En el punto más alto se sitúa el Alcázar de Arriba, restaurado por Pedro I en el siglo XIV sobre una base almohade. El rey mandó construir un palacio similar al Alcázar de Sevilla, articulado en torno al Patio de la Fuente. Los Reyes Católicos añadieron el "Cubete", un fortín de artillería innovador.

Este alcázar ha vivido mil vidas: fue hospital durante la peste de 1649 y, sorprendentemente, campamento militar nazi en 1942. Sin embargo, los terremotos de 1504 y el de Lisboa en 1755 lo dejaron en ruinas. En 1972, el proyecto de Parador Nacional se ubicó estratégicamente en el patio de armas para no destruir los restos arqueológicos del palacio real, que hoy son Bien de Interés Cultural.

 

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Casas Palaciegas, Masonería y Leyendas

El siglo XVIII cubrió Carmona de fachadas barrocas. Destaca la de los Aguilar, en cuyo pórtico aún se ve el compás masón, marca de una logia que tuvo que huir durante la represión franquista. De esta misma casa salió la primera cabalgata de Reyes Magos de la ciudad, una iniciativa benéfica para los huérfanos que aún persiste como una de las tradiciones más queridas por los carmonenses.

La arquitectura civil del XIX también dejó su impronta con balcones de rejas pensadas para que las mujeres observaran la calle sin ser vistas. Entre ellas, una casa decorada totalmente con la Flor de Lis sigue siendo un enigma que despierta la curiosidad de historiadores y paseantes. Aunque su significado exacto se ha perdido en el tiempo, se barajan tres hipótesis principales:

El vínculo heráldico y monárquico: Podría tratarse de una declaración de lealtad absoluta a la casa de los Borbones, o bien pertenecer a un linaje que buscaba subrayar sus raíces en la nobleza francesa.

La huella Dominicana: Dado el enorme peso del clero en el Arrabal, muchos expertos apuntan a una relación con la Orden de los Predicadores (Dominicos), que utilizaban la flor de lis como símbolo de luz y de su fundador, Santo Domingo de Guzmán.

El lenguaje cifrado de la Masonería: En una ciudad con una logia tan activa como la de Carmona, la fachada podría ser un mensaje alquímico. Aquí, la flor de lis representaría el "árbol de la vida" y la búsqueda de la iluminación espiritual, una simbología que encajaría con el espíritu de la vecina casa de los Aguilar.

Sea como fuere, esta fachada representa la pureza, la perfección y la gracia de un dios que ilumina, envolviendo la vivienda en un halo de misterio que refuerza ese aire enigmático que define a Carmona.

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Iglesias y Conventos: El espíritu de Carmona

El patrimonio religioso es abrumador. La Iglesia Prioral de Santa María, gótica y construida sobre la antigua Mezquita Mayor, conserva el Patio de los Naranjos y un alminar integrado. Su torre es la única con reloj, gracias a una donación del Marqués de las Torres en el siglo XIX.

San Pedro: Con su torre "Giraldilla" de 50 metros, cuya escultura superior es un ángel sin sexo que sostiene el escudo de la ciudad. Su portada aún muestra las huellas del incendio de 1984.

El Divino Salvador: Antigua iglesia jesuita del siglo XVIII, cuya cúpula y pinturas de Lucas Valdés son una cumbre del barroco.

Convento de Santa Clara: Fundado en 1460, es el más antiguo. Hoy, administrado por monjas de Kenia, es famoso por su Torta Inglesa. Su iglesia gótica-mudéjar alberga pinturas de las Santas Mártires de la escuela de Zurbarán, ángeles músicos y una arquitectura que separaba a las monjas de los fieles mediante una gran reja.

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El Teatro Cerezo y el azar

Incluso la cultura civil tiene su origen en el destino. El Teatro Cerezo fue construido en los años 20 por Bernardo Enrique Cerezo gracias a un premio de la lotería nacional. El décimo fue comprado en la administración de Carmona que, datada en 1864, se considera de las más antiguas de España.

Carmona es, en definitiva, un destino esencial para comprender la profundidad histórica de Andalucía. Ajena al bullicio costero, se ofrece como una superposición de culturas —tartesios, fenicios, romanos, árabes y cristianos— que han dado forma a una identidad compleja y eterna.

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El rugido del silencio: Una Semana Santa de piedra y fe.

La Semana Santa de Carmona no es solo un evento religioso; es un viaje estético al pasado. Aquí, las cofradías realizan un ritual de peregrinación único: las hermandades atraviesan el dintel de la Iglesia Prioral de Santa María y realizan un recorrido por su interior gótico antes de regresar a sus templos de origen. Es un desfile de sombras y cera donde el silencio solo se rompe por el rachear de los costaleros sobre el mismo suelo que pisaron los romanos.

Destacan imágenes como el Salvador, patrón de la ciudad, o la Virgen de los Dolores, que procesiona desde su sede jesuita. Pero es quizás en la Capilla de San Francisco, antigua sede del convento de San Sebastián, donde se palpa la modernidad devocional, custodiando las obras de Antonio Eslava y Castillo Lastrucci, como el Cristo del Descendimiento o el Cautivo de Belén, que cada primavera devuelven a las calles el dramatismo del barroco andaluz.

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Un festín de civilizaciones: La mesa carmonense.

Visitar Carmona y no sentarse a su mesa es dejar el viaje a medias. Su gastronomía es un mapa de sabores que refleja su pasado agrícola y el refinamiento de sus conventos.La Torta Inglesa: El estandarte dulce de la ciudad. Este delicado bizcocho de hojaldre, azúcar glas, canela y cabello de ángel es hoy el motor económico del Convento de Santa Clara. Las monjas de Kenia, actuales guardianas del cenobio, mantienen viva la receta de este dulce que enamoró a los arqueólogos británicos que excavaban la Necrópolis en el siglo XIX.

El Legado de la Tierra: La cocina de Carmona es hija de la vega. Desde la alboronía (guiso de verduras de origen árabe) hasta las espinacas con garbanzos o el potaje de pringá, cada plato es un homenaje al aceite de oliva que ya los romanos exportaban desde aquí a todo el Imperio.Repostería de Clausura: Más allá de la Torta Inglesa, los tornos de los conventos ofrecen una variedad de dulces que son auténticas joyas de azúcar y almendra, un legado que ha sobrevivido gracias a la dedicación de las órdenes religiosas que, desde hace siglos, son parte indivisible del paisaje carmonense.

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