HÔPITAL REYES CATHOLIQUE
Una imagen basta para identificar a Béziers: la silueta del Puente Viejo con la catedral dominando el horizonte. Es el emblema inconfundible de la ciudad, su postal más reconocida y, quizá, la puerta de entrada más bella al sur de Francia.
Texto y fotos: Guillermo Cachero

En pleno siglo XXI, podemos disfrutar de pueblos que conservan su autenticidad, pueblos con una historia impregnada en sus paredes y cuyos habitantes han conservado a lo largo de los siglos para el deleite de todos.
El hecho de visitar una localidad como Monells en el Baix Empordà es presenciar una historia viva. Entre las robustas paredes de sus viviendas, callejones y arcos, se puede observar la arquitectura medieval de una población cuyos primeros registros datan del año 922, según un precepto del rey Carlos el Simple.
Monells estaba en una posición estratégica, ya que se encontraba en la provincia de Girona y daba con la frontera del condado de Empúries. En uno de los senderos que comunicaban los dos condados. También confluían los intereses del obispado de Girona, que tenía su residencia en el castillo de Bisbal. Debido a su valor estratégico, en 1103 se trasladó a esta población el mercado semanal que antes se llevaba a cabo en Anyells, uno de los barrios de Corçà. La hermosa plaza porticada, actualmente el lugar más visitado y conocido del pueblo, era el escenario de dicha celebración.
Aunque en la actualidad, muchos pueblos de España realizan mercados donde se venden frutas y otros productos, así como prendas de ropa y calzado, en la historia estos mercados tenían una gran importancia. Eran el punto de intercambio de los excedentes de los campesinos y el sitio donde los comerciantes y artesanos ofrecían sus productos.
En consecuencia, los mercados eran puntos de encuentro que atraían a un gran número de personas de pueblos cercanos, lo que generaba un gran poder económico en la localidad donde se celebraban. Además de ser lugares de compra, los mercados eran ideales para hacer negocios de mayor trascendencia, como la compraventa de animales y terrenos, así como acuerdos matrimoniales.
Este tipo de mercados aún se encuentran en otros lugares del mundo, como Vietnam, donde la compraventa de ganado y los acuerdos matrimoniales siguen siendo prácticas habituales.
La plaza porticada era el sitio ideal para establecer el mercado debido a su magnífica construcción. Incluso en días lluviosos, los arcos proporcionaban protección y permitían que la celebración del mercado no se interrumpiera.
En la actualidad, la plaza sigue siendo el sitio más representativo de Monells y alberga bares y restaurantes. En las noches de verano, es un paraje ideal para disfrutar de una copa o una buena cena.
Cruïlles, Monells y Sant Sadurní de l'Heura forman un municipio en la comarca del Baix Empordà, creado en 1974 mediante la unión de los núcleos de Cruïlles, Monells y Sant Sadurní de l'Heura.
Sant Sadurní de l'Heura es el centro del municipio y está ubicado entre los ríos Rissec y Daró. El pueblo y el castillo pertenecieron al obispado de Girona desde 1442. Cruïlles se encuentra a la izquierda del río Daró y fue el origen del linaje y la baronía de los Cruïlles.
De todas las poblaciones, Monells es la mejor conservada y el paso del tiempo solo ha embellecido su aspecto. Pasear por sus calles es un auténtico placer visual, ya que sus viviendas han sido preservadas y restauradas, y las nuevas construcciones se han mantenido fieles a su arquitectura original. Sus arcadas y grandes bloques de piedra son características distintivas. Son pocos los lugares en el mundo que conservan su estructura original de esta manera.
A menudo, consideramos que los tesoros consisten en acumular oro, diamantes y piedras preciosas. Sin embargo, nunca podremos comprender cómo una simple piedra puede convertirse en un tesoro. Monells lo demuestra en sus calles, en su plaza, en sus casas y arcadas, donde la belleza de la población se ha construido piedra a piedra. Es un tesoro arquitectónico del cual sus habitantes se enorgullecen.

Cruïlles se encuentra a aproximadamente 3 km de Monells y es conocido por su linaje, que junto con los Peratallada, poseía un extenso territorio que se extendía hasta el mar.
Desde la carretera, se distingue el campanario de su iglesia de Santa Eulalia, patrona de la localidad, y su torre cilíndrica románica coronada por un olivo, que se ha convertido en su símbolo. Se atribuye el origen de este olivo a un pájaro que dejó una semilla en lo alto de la torre. Junto a la torre se encuentra una bandera que conmemora que Berenguer de Cruïlles fue nombrado primer presidente de la Generalitat de Cataluña en 1359. La torre formaba parte del castillo de Cruïlles junto con otras construcciones.
En la actualidad, no se han conservado los restos de las antiguas murallas, y la torre es lo que más destaca. En la pequeña escalera que conduce a la entrada de la torre, se encuentra escrita una leyenda. Es importante mencionar que la entrada fue construida en 1927 y no formaba parte de la construcción original.
La reforma interior de la torre tuvo lugar entre 2004 y 2005, durante la cual se instaló una escalera de caracol que permite acceder a la parte superior, desde donde se puede disfrutar de una vista extraordinaria y observar el olivo original. Durante las obras, el olivo fue trasladado a un vivero para su cuidado.
Si se observa con atención, se puede notar que la torre está dividida en tres partes: el primer y tercer tramo están construidos con piedra rosa, mientras que el segundo tramo es de piedra del río. Durante la construcción, los albañiles se quedaron sin piedra rosa y, después de discutirlo entre ellos, decidieron completar el tramo restante con piedra del río, a pesar de que el señor feudal había sido claro en su mandato de que la torre debía ser construida completamente con piedra rosa.
Cuando el señor feudal descubrió lo que habían hecho, se enfureció y ordenó a sus soldados que mataran a todos los que habían participado en la construcción. No se sabe con certeza cuándo se retomó la construcción del resto de la torre.

El recorrido culmina ante la noble fachada del teatro municipal, un edificio de estilo italiano levantado en 1844 y embellecido con los bajorrelieves de Jean-Antoine Injalbert. Declarado monumento histórico, es uno de los símbolos culturales más notables de la ciudad.
Afortunadamente, todavía existen muchos pueblos en Europa que conservan su arquitectura medieval. En Cataluña, en el Bajo Ampurdán, se encuentran poblaciones tranquilas que se dedican principalmente a la agricultura y la ganadería, preservando sus tradiciones. Estas localidades son hermosas y están bien conservadas gracias a sus habitantes, quienes a lo largo de los siglos han protegido y preservado su arquitectura.
Un ejemplo de ello es San Martí Vell, una población en la comarca del Gironés. Desde la carretera se puede apreciar la torre de su iglesia con el pueblo a su alrededor, una imagen cautivadora.
Aunque tenía referencias a esta pequeña población, por el Santuario de los Ángeles, ubicado en su término municipal, pero a unos siete kilómetros de la cumbre del Puig Alt en el Macizo de las Gavarres, donde Dalí contrajo matrimonio con Gala. El Santuario ofrece una vista magnífica del Alto y Bajo Ampurdán, el Gironés, la Selva, el Montseny y el mar.
El pueblo de Sant Martí Vell es un municipio pequeño con pocas viviendas, donde se respira una gran tranquilidad. La iglesia destaca sobre cualquier otro edificio. Sus viviendas, muchas de las cuales tienen más de tres siglos, se encuentran en perfecto estado de conservación y están rodeadas de vegetación en un entorno natural con pinos, encinas y alcornoques.
La economía de esta pequeña población se basa principalmente en el sector de la hostelería, ya que cuenta con cuatro restaurantes de renombre en la comarca. Como es habitual en la mayoría de estas localidades, su origen se remonta a un pequeño castillo y un templo parroquial que, según referencias históricas, datan del año 1035. El castillo pertenecía a la familia Martí y estaba rodeado por una muralla. Era un lugar estratégico de defensa de la comarca, aunque en la actualidad no quedan restos ni de las murallas que lo protegían.
Al parecer, el castillo se encontraba justo enfrente de la iglesia, donde actualmente se sitúa el ayuntamiento.
El campanario de la iglesia de San Martí Vell, rematado en punta y coronado por un pináculo, se puede contemplar al dar la vuelta a la plaza desde el lado opuesto a la entrada. En la torre se aprecia una gran cantidad de gárgolas, algunas de ellas curiosas.
La iglesia, en gran parte de estilo románico, fue construida por primera vez en 1035 y luego reconstruida en el siglo XVI. Su fachada presenta elementos renacentistas, incluyendo una inscripción con la fecha del 6 de diciembre de 1588.
En el interior destaca la pila bautismal, así como dos capillas laterales: una dedicada a San Martín con una talla del santo, y otra con una imagen de la Virgen. También se puede observar una antigua campana caída que se conserva en el interior como símbolo.
El Santuario de los Ángeles es el lugar de máxima devoción y más visitado en la comarca de Girona. Fue construido entre los años 1409 y 1411, aunque se cree que anteriormente había una ermita en su lugar.
En el siglo XVIII se añadió una capilla nueva y se construyó una hospedería, que se amplió después de la guerra napoleónica en el siglo XIX. Actualmente, la hospedería sigue funcionando. Desde San Martí Vell se puede llegar al santuario a través de varias vías de acceso debido a su ubicación y proximidad a la ciudad de Girona. Una de las rutas más típicas parte de Sant Pere de Galligants y pasa por el valle de Sant Daniel. También se puede llegar desde Quart, Llambilles, Madremanya, Juià o Celrà.
Los habitantes de San Martí Vell celebran una romería en honor a la Virgen de los Ángeles el 1 de mayo. Además, el 8 de septiembre se celebra otra romería, y entre septiembre y octubre tienen lugar diversas romerías de pueblos de la región.
Desde el santuario se puede disfrutar de una panorámica que, en días despejados, permite contemplar zonas de todas las comarcas de Girona: la Costa Brava, la llanura del Empordà, la sierra de la Albera con los Pirineos al fondo, la Garrotxa, el macizo de Guilleries, el Montseny, entre otros.
Besalú es una de las ciudades medievales mejor conservadas de Cataluña. Fue declarada en el año 1966, conjunto Histórico Artístico y merece una visita detallada que nos remontará a los siglos medievales, su época más esplendorosa.
BESALÚ
Besalú es una de las ciudades medievales mejor conservadas de Cataluña. Fue declarada en el año 1966, conjunto Histórico Artístico y merece una visita detallada que nos remontará a los siglos medievales, su época más esplendorosa.
Texto y fotos: Guillermo Cachero
Su lugar más conocido es el puente Judio por el que se accede al núcleo urbano una bella foto que queda marcada como icono de la ciudad.
La ciudad de Girona ha logrado situarse como uno de los destinos más codiciados de Cataluña, y parte de este mérito recae en las escenas inolvidables que la renombrada serie de televisión, Juego de Tronos, eligió filmar en sus calles.
Sin embargo, la fama de Girona no se basa únicamente en las producciones televisivas. La ciudad en sí misma posee rincones de gran belleza. Pero Girona no está sola en su esplendor; la provincia que la rodea alberga poblaciones, muchas de ellas de procedencia medieval, complementadas por una gastronomía que roza la excelencia. Desde playas extraordinarias en la renombrada Costa Brava hasta majestuosas montañas, pistas de esquí que se destacan por sí mismas, la provincia ofrece un abanico diverso de experiencias.
Entre estas joyas medievales destaca Besalú, una pequeña localidad ubicada a escasos 32 kilómetros de Girona, en la comarca de la Garrotxa, con aproximadamente 2000 habitantes. Esta ciudad medieval se erige entre dos ríos, el fluvial y los capellanes. En 1966, Besalú fue merecidamente declarada Conjunto Histórico Artístico, convirtiéndola en un tesoro que exige una visita detenida. Pasearse por sus calles es sumergirse en los siglos medievales, época de máximo esplendor que aún resplandece en cada rincón de esta encantadora localidad.
Los primeros registros que se conservan sobre el puente remontan al lejano año 1.075. A lo largo de su existencia, este cruce icónico ha experimentado varias metamorfosis, sometiéndose a reformas y reconstrucciones que narran su propia historia. El año 1315 marcó un hito sombrío, con la obra yaciendo en escombros, impelida por la necesidad de renacer desde sus cimientos. En 1390, la fortificación y reconstrucción se erigieron nuevamente como imperativos ineludibles. Entre 1381 y 1403, la furia de las riadas exigió intervenciones urgentes. Aunque la apacible corriente del río podría sugerir lo contrario, a lo largo de los siglos, sus crecidas han desencadenado estragos inesperados.
Dos torres fortificadas, adornando el puente, una en su centro y otra en su extremo, fueron erigidas en el siglo XIV con fines defensivos y de vigilancia. En la época del reinado de Jaume II, la monarca concedió el derecho de imponer un peaje a peregrinos y mercaderes que cruzaban el puente, una medida destinada a compensar los estragos causados por las crecidas del río.
El siglo XIX trajo consigo la eliminación de las dos torres, víctimas de la imposibilidad de acceder a ellas con la maquinaria pesada requerida por la incipiente industria local. No obstante, en 1917, las torres resurgieron de nuevo. Aun así, el puente y sus torres sufrieron un nuevo revés durante la Guerra Civil Española, cuando fueron semidestruidos, un testimonio palpable de los embates de un conflicto que dejó cicatrices indelebles en su estructura histórica.
Hay un libro muy interesante que detalla la historia del puente de Besalú, de Martí Gironell: El Puente de los Judios.
Explorar Besalú es sumergirse en los encantos de una ciudad que despliega la autenticidad de la gastronomía típica de la comarca de la Garrotxa. Butifarras que despiertan el paladar, pies de cerdo en salsas seductoras, pato entrelazado con peras, cordero con guisantes, el conejo que seduce con su toque agridulce, el bacalao que se rinde a la menta y ajos, y el guisado de jabalí, cuya carne abunda en esta tierra.
Pero no podemos abandonar la comarca sin rendirnos al hechizo de su famosa ratafía, un elixir alcohólico que nace de la paciente maceración de frutos selectos y especias en aguardiente. Tan arraigado está su consumo en la región que muchos se aventuran a crearla de manera casera. La Feria de la Ratafía, que tiene lugar durante la festividad de la Purísima en diciembre, se erige como el escenario perfecto para paladear esta delicia.
Besalú ofrece más razones para la visita, con sus festividades que trascienden el tiempo. A finales de agosto y principios de septiembre, la ciudad se ve con la esencia de su pasado y se transforma en un condado medieval. Los vecinos se sumergen en trajes de época, ambientando incluso los comerciantes para rendir homenaje a sus Fiestas Medievales. Visitar Besalú en estos días es como deslizarse por un agujero del tiempo, encontrándose rodeado de trovadores, caballeros, juglares y mendigos, personajes que parecen resurgir de la historia.
La ciudad respira historia, desde los vestigios cerámicos de la época íbera hasta los vestigios romanos descubiertos en excavaciones. Aunque su apogeo se alcanzó en la Edad Media, cuando fue uno de los condados más relevantes de Cataluña, su legado impregna cada piedra de sus viviendas, iglesias y el puente emblemático judío.
El casco histórico de Besalú despliega un espectáculo visual de edificaciones medievales, desde el puente hasta los baños judíos, la iglesia del Monasterio de San Pedro, San Julián (antiguo hospital de peregrinos), la Casa Cornellà, la iglesia de San Vicente y la Sala gótica del Palacio de la Curia real. Cada rincón cuenta una historia que susurra a través de los siglos.
Este templo fue escenario de algunos de los momentos más dramáticos de la Edad Media. En 1167, en su interior, fue asesinado Raymond I Trencavel, vizconde de Béziers y figura central en la historia del Languedoc. Un gran cuadro situado en la parte sur de la iglesia recuerda aquel crimen. Con sus dimensiones imponentes y su carga simbólica, la obra atrae inevitablemente la mirada del visitante, convirtiéndose en el foco visual más poderoso del edificio. Resulta llamativo que sea precisamente la representación de la muerte violenta de un noble la que se alce como el icono más visible del templo, más que cualquier otro elemento devocional.
Décadas después, en 1209, la cruzada contra los cátaros tiñó Béziers de sangre. Cuando los ejércitos cruzados irrumpieron en la ciudad, parte de la población buscó refugio en la Madeleine. La matanza fue indiscriminada: hombres, mujeres y niños perecieron bajo el fuego y la espada, y la iglesia se convirtió en uno de los escenarios de aquel horror. La célebre frase atribuida al legado papal —«Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos»— resonó entonces como sentencia de exterminio. El recuerdo de aquella tragedia sigue impregnando la identidad de Béziers, aunque la magnitud del suceso no se limite únicamente a este templo, sino a toda la ciudad.Hoy, la Madeleine sigue en pie como monumento histórico y lugar de culto. Sus muros guardan silencios difíciles: la devoción de los fieles, el eco de un vizconde asesinado, las huellas de una masacre colectiva. Para el viajero atento, visitarla es asomarse a un pasado donde la espiritualidad se entrelaza con la violencia y donde el arte y la piedra transmiten tanto belleza como desgarro.
Chapelle de Recollets des Pénitents Bleus: arte gótico y memoria histórica
Entre las calles comerciales de Béziers, perpendicular a la vida cotidiana, se alza la Chapelle des Pénitents Bleus, una joya gótica construida entre los siglos XIV y XV. Su puerta de estilo flamígero, delicadamente labrada, es una rareza en el Languedoc y un anticipo de la riqueza artística que aguarda en su interior. Aunque el coro y numerosas bóvedas fueron destruidos en el siglo XIX, y gran parte de los muros originales desapareció, la capilla conserva la majestuosidad de su arquitectura y la fuerza de su historia.Al entrar, el visitante queda impresionado por la magnitud de sus pinturas. Detrás del altar, sobre el muro que cierra la nave tras la demolición del coro, se despliega un trompe-l’œil del siglo XIX que representa la muerte de San Jerónimo, con la catedral de Saint-Nazaire proyectada al fondo, fusionando historia y fantasía en un solo plano. A la izquierda, de la misma época, se aprecia la representación pintoresca del barco de las Saintes-Maries-de-la-Mer y de Santa Sara, evocando tradiciones mediterráneas que conectan la ciudad con la mística y la devoción popular.

Los muros de la nave conservan, además, trazos de pintura del siglo XVII, fragmentos que recuerdan la continuidad artística y espiritual a lo largo de los siglos. Sobre el muro del fondo, una maqueta imponente capta la atención: réplica de una canonnière, recordatorio de las rutas marítimas y de la vigilancia histórica que marcó la vida de la región.La capilla ha sido testigo de siglos de devoción y transformación. Originalmente vinculada al convento de los Cordeliers, pasó a los Récollets y, tras la Revolución Francesa, fue ocupada por la confraternidad de los Pénitents Bleus, de la que toma su nombre. Hoy, catalogada como Monumento Histórico, sigue siendo un espacio donde el arte, la fe y la memoria se entrelazan, ofreciendo al visitante un recorrido por siglos de historia condensada en piedra y pintura.

Monumento dedicado a Casimir Péret
Tras visitar la Chapelle des Récollets de los Pénitents Bleus, el camino nos conduce hasta la Plaza de la Revolución, donde se alza el monumento dedicado a Casimir Péret. Esta escultura recuerda la sublevación popular de 1851 contra Napoleón III, liderada por el entonces alcalde de Béziers. El rostro de Péret, grabado en un medallón, rinde homenaje a quienes se alzaron contra el poder y pagaron un alto precio: tanto él como numerosos manifestantes fueron deportados a las prisiones de la Guayana Francesa y Argelia.


El Ayuntamiento y la Leyenda de Saint Aphrodise
Desde allí, el recorrido continúa hacia la Plaza Mairie, presidida por el Hôtel de Ville, corazón administrativo y punto neurálgico de la vida biterroise. Frente a su fachada se respira el pulso cotidiano de la ciudad, pero también late en ella una memoria festiva: es aquí donde, año tras año, desfila el célebre Chameau, símbolo entrañable y viviente de Béziers.
La leyenda cuenta que Saint Aphrodise, primer obispo de la ciudad, habría llegado desde Egipto montado en un camello. Tras su martirio, el animal quedó ligado para siempre a la devoción popular y, con el tiempo, se convirtió en emblema de la identidad biterroise. Momificado tras su muerte, el camello se conserva como reliquia y reaparece en procesión cada 28 de abril, durante la festividad de la Saint-Aphrodise.
El Chameau que hoy vemos desfilar es una figura monumental, con armazón de madera y cuerpo de tela, que avanza balanceándose entre la multitud gracias a los hombres que lo portan ocultos en su interior. Lo acompaña la música tradicional, danzas populares y el júbilo colectivo, en una celebración que enlaza lo religioso, lo profano y lo carnavalesco, reafirmando a cada paso la identidad de Béziers.

Catedral de Saint-Nazaire
La primera mención que conservamos de la catedral de Béziers data del año 889, aunque es probable que existiera una sede episcopal desde época romana, consagrada a San Afrodisio, mártir de la ciudad hacia el año 70 a.C. Algunos especialistas apuntan, incluso, a la existencia de un templo dedicado a Augusto y a su esposa Livia. De aquel edificio carolingio nada queda; sabemos, sin embargo, que en 977 el vizconde Guillaume de Béziers donó la villa de Lignam, destinando sus rentas a la construcción de San Nazario. En 1130, el obispo Bermond y el cabildo reforzaron la empresa con cuantiosas donaciones, y en 1154 el noble Raymond aportó los diezmos de Aureillac y Maureillan. Para mediados del siglo XII, el edificio románico ya debía estar bastante avanzado.
En el exterior, la fachada principal se impone con dos torres almenadas y una tercera circular, semejante a una atalaya. En el centro brilla un rosetón de diez metros de diámetro, bajo el cual se conserva la portada románica original. A cada lado, dos esculturas alegóricas resumen la visión medieval del mundo: a la derecha, la Iglesia, joven coronada, con los brazos abiertos; a la izquierda, la Sinagoga, con los ojos vendados, símbolo de la “ceguera espiritual” del judaísmo al no reconocer a Cristo. Una iconografía común en las grandes catedrales de Reims, Burdeos o Estrasburgo. En el siglo XVII se abrió un nuevo acceso en la fachada norte, coronado por un dintel del XVI que representa el martirio de los santos Nazario y Celso.

Todo se perdió en julio de 1209, cuando las tropas de Simón de Montfort incendiaron la ciudad durante la cruzada albigense. En su Canción de la Cruzada, Guillermo de Tudela dejó constancia de aquel desastre y del nombre del maestro de obras: “La ciudad ardió a lo largo y ancho. También la catedral, obra del maestro Gervais, fue incendiada. Se partió por la mitad y se derrumbó”.



En el interior, la nave está presidida por un fastuoso coro barroco que exalta la ascensión de las almas de Nazario y Celso, rodeados de ángeles y sostenidos por nubes. Mármol rojo de Caunes-Minervois, estatuas de los cuatro evangelistas y un órgano barroco del siglo XVII refuerzan la grandiosidad del conjunto. Una campana junto al altar mayor, procedente de Notre Dame de París, subraya el carácter único del templo. El claustro gótico ofrece calma y perspectivas abiertas sobre la llanura del Hérault.


Desde la explanada, la vista del Puente Viejo. Junto a la catedral, a la derecha, se alza la colina de Saint-Nazaire, un enclave que ha estado habitado desde tiempos neolíticos y que ofrece una posición dominante y estratégica para la defensa. Desde este promontorio se contempla el río Orb, uno de los grandes recursos naturales de la ciudad, fuente de vida por la abundancia de agua que ha sostenido la agricultura, la pesca y la navegación a lo largo de los siglos.
Fue precisamente aquí donde griegos, celtas y romanos establecieron el corazón de la primitiva Béziers.En este mismo lugar se erige una imponente escultura dedicada a Raimond Roger Trencavel. La estatua, rodeada por un cuidado jardín, honra la memoria del vizconde de Béziers, quien en el siglo XIII gobernó la ciudad y destacó como firme defensor de los cátaros y protector de la comunidad judía local. Trencavel murió a los 24 años, tras alzarse en armas contra los ejércitos del rey de Francia y del Papa, cuando éstos incendiaron su ciudad y arrasaron el Languedoc. Capturado, fue sometido a torturas y finalmente abandonado en una mazmorra de su propia fortaleza. Su figura permanece como símbolo de la resistencia occitana y héroe trágico de una época de fuego y fe.dines, es hoy símbolo de la resistencia occitana.
A la izquierda, otro edificio impone su historia: la Maison d’Arrêt de Béziers, prisión construida en el siglo XIX y cerrada en 2009. En sus muros resonaron grilletes y hasta la guillotina. Desde 2023, transformada en hotel-restaurante bajo el nombre de La Prison, ofrece 50 habitaciones y un restaurante panorámico. Conserva la morfología original —patios, pasarelas, muros de piedra— y la conjuga con el confort moderno. Dormir en sus antiguas celdas es, hoy, caminar entre los ecos del pasado y descubrir cómo la memoria puede convertirse en hospitalidad.

En el mismo rellano, junto a la estatua del vizconde, parte el tren turístico que conduce hasta el puente del canal del Orb. Allí se contempla una de las obras de ingeniería más sorprendentes: el punto en que el canal du Midi se eleva para cruzar el río. Desde este enclave es posible embarcarse en alguno de los barcos que ofrecen un recorrido inolvidable hasta las célebres nueve esclusas de Fonseranes, un espectáculo hidráulico único en Europa.


Otra de las propuestas imperdibles se encuentra en la Oficina de Turismo de Béziers Méditerranée, donde se proyecta un cine inmersivo que narra la fascinante historia del canal du Midi. Una experiencia altamente recomendable que permite comprender la magnitud de esta obra declarada Patrimonio de la Humanidad.
El trayecto en tren añade, además, un atractivo especial: si a la ida el recorrido se interna por el corazón de la ciudad, a la vuelta la ruta se transforma por completo, permitiendo descubrir otros paisajes y rincones. Entre ambos itinerarios, el viajero obtiene una panorámica privilegiada de los lugares más importantes y emblemáticos de Béziers.
No nos vamos sin visitar los viñedos de Les Orpellières, donde la mirada se pierde entre hileras de vides que se extienden hasta el horizonte del Languedoc. Este paisaje, impregnado de historia y de luz mediterránea, ofrece un remanso de serenidad tras la intensidad de la ciudad. Entre sus parcelas se respira la tradición vitivinícola que ha dado fama a la región y se percibe el vínculo profundo entre la tierra y sus gentes. Pasear por Les Orpellières es cerrar la travesía de Béziers con una sensación de plenitud: la ciudad y sus monumentos quedan atrás, pero su espíritu late aún entre los surcos de la vid y la inmensidad del cielo del sur de Francia.



































