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HOSPITAL REYES  CATÓLICOS

Este monasterio, fundado en el siglo XI, es un tesoro del patrimonio catalán, conocido por su impresionante arquitectura románica y su atmósfera espiritual. Es un lugar que invita a la reflexión y al disfrute de su entorno natural.

Texto e imagenes: Guillermo Cachero

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El Canigó, con sus imponentes 2784 metros de altura, es una de las montañas más icónicas de los Pirineos Orientales. Durante los meses de junio a septiembre, este majestuoso pico se convierte en un destino muy frecuentado por senderistas y amantes de la naturaleza. Nuestra propuesta no implica una ruta completa a pie, sino una combinación de desplazamiento en coche y caminata. La idea es conducir hasta el punto accesible más cercano y continuar a pie, ya que el acceso vehicular está restringido a partir de cierta altura para proteger el entorno natural.

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Nuestro objetivo principal es visitar el monasterio de Sant Martí del Canigó y sumergirnos en su rica historia. Después de dejar el coche en el parking de Amount, desde donde iniciamos una subida empinada que nos llevará hasta el monasterio, a 1055 metros de altura. Esta ascensión suele tomar entre 45 y 50 minutos. Es la ruta que hemos elegido, no es la única, pero para subir hasta el monasterio es la ideal. Otras rutas que son elegidas por aquellos a quienes les entusiasma el senderismo, existen dos rutas principales de ascenso a pie. La primera comienza en el refugio de Cortalets, situado a 2150 metros de altitud. Esta ruta, con una duración de aproximadamente 3½ horas ida y vuelta, ofrece vistas espectaculares y es relativamente accesible para la mayoría de los senderistas. La segunda ruta parte desde el refugio de Mariailles, a  1718 metros. Este trayecto es considerablemente más exigente, con una duración de 8 horas ida y vuelta, pero recompensa a los aventureros con paisajes asombrosos y una mayor sensación de logro.

Una de las actividades más emocionantes y emblemáticas que se celebran en el Canigó es la famosa Carrera del Canigó. Esta competencia, que tiene lugar el primer domingo de agosto, es una carrera de montaña de 34 kilómetros de ida y vuelta entre Vernet-les-Bains y el pico del Canigó. Con un desnivel positivo de 2180 metros, la carrera representa un desafío formidable incluso para los corredores más experimentados. Participar en esta carrera es una prueba de resistencia y determinación, y cada año atrae a numerosos deportistas de alto nivel que buscan superar sus límites en un entorno natural incomparable.

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En la subida que hemos elegido, las vistas no son tan espectaculares como las dos de más dimensiones, pero se disfruta de un paisaje impresionante mezclado de frondosos bosques y montañas. También se puede observar la pintoresca población de Vernet-les-Bains, una ciudad balnearia ubicada en el corazón de la Reserva Natural Regional de los Pirineos Catalanes. Esta encantadora localidad medieval es un refugio de relajación, conocida por sus balnearios y rutas de senderismo, incluyendo el inicio de la subida hacia el Canigó.

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En la subida hacia el monasterio, encontramos a mano izquierda la Iglesia de San Martí-le-Vieux (San Martín el Viejo), una iglesia de estilo románico que fue la antigua iglesia parroquial de Casteil. Según un cartel informativo, esta iglesia fue abandonada en el siglo XVII en favor de la iglesia del monasterio. En estado ruinoso, se derrumbó por completo. En 1978, se decidió restaurarla, reconstruyendo casi todo el edificio a partir de los niveles inferiores del campanario y de la iglesia.

Durante la demolición, se encontraron numerosos esqueletos, algunos apilados y otros dispersos, lo que indica que muchos monjes pasaron por esta iglesia durante los ocho siglos de su presencia. Actualmente, a la entrada de la iglesia, se encuentra un osario con los restos encontrados. La inauguración oficial de la iglesia restaurada tuvo lugar el 10 de noviembre de 1979.

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Este monasterio, fundado en el siglo XI, es un tesoro del patrimonio catalán, conocido por su impresionante arquitectura románica y su atmósfera espiritual. Es un lugar que invita a la reflexión y al disfrute de su entorno natural.

En el exterior se encuentra una estatua erigida en honor de Martín de Tours, quien nació a inicios del siglo IV en Panonia, la actual Hungría. Martín fue un soldado romano desconocedor de la fe cristiana, y al igual que San Pablo, encontró su camino espiritual de manera reveladora. Durante un viaje a Amiens, en el norte de Francia, Martín encontró a un hombre que padecía de frío y, no teniendo otra forma de ayudarle, cortó su capa y le ofreció la mitad. En realidad, no fue la mitad, sino el forro de su capa, dejando la capa entera para ambos. Esa noche, en sueños, Jesús se le apareció y le reveló que el pobre al que había ayudado era él mismo. Este encuentro transformó a Martín, quien dejó el ejército y se convirtió en ermitaño, fundando la primera abadía de la Galia, San Martín de Ligugé, alrededor del año 370. Posteriormente, fue proclamado obispo de Tours, de ahí el título de San Martín de Tours.

La historia del monasterio de San Martín del Canigó está intrínsecamente ligada a la de San Martín. En 1007, el conde Wifredo II de Cerdaña, junto a su esposa, la condesa Guisla de Pallars, fundaron la abadía. 

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Fue el hermano menor del conde, el monje Oliba, quien impulsó esta fundación, solicitando ayuda desde la abadía de San Miguel de Cuxart. Llegaron entonces unos monjes benedictinos desde San Miguel, encontrando un letrero en latín que decía: DOMUS SANTI MARTINI (la casa de San Martín), estableciendo así el nombre de la abadía.

Durante los siglos siguientes, y hasta 1783, los monjes benedictinos vivieron en la abadía bajo las reglas de San Benito, siguiendo el lema "ora et labora" (reza y trabaja). En 1783, los últimos cinco monjes, envejecidos y enfermos, abandonaron el monasterio, que quedó en un completo abandono durante casi 120 años.

En 1902, el obispo de Perpiñán, J. de Carsalade du Pont, compró las ruinas de la abadía, inspirado por los poemas de Jacint Verdaguer, especialmente el poema "Canigó", una obra clave de la Renaixença catalana. Esta iniciativa motivó a más de dos mil catalanes a subir en procesión junto al obispo hacia la abadía para dar gracias a Dios por su restauración.

A pesar del deterioro, el campanario de la abadía nunca cayó, permaneciendo en pie y convirtiéndose en un símbolo de resistencia. El lema del monasterio, "SIEMPRE DE PIE EN EL CORAZÓN DEL CANIGÓ", refleja esta realidad.

Desde 1902 hasta 1932, año del fallecimiento del obispo de Perpiñán, las obras de restauración avanzaron. Tras una pausa de 20 años, los trabajos se reanudaron en 1952 bajo la dirección del monje benedictino Bernard de Chabannes, continuando la labor de devolver la gloria a este histórico monasterio.

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Desde 1988, es la comunidad de la Bienaventuranza la que se encarga del monasterio de San Martí del Canigó. Este lugar está abierto a todos aquellos que deseen un respiro espiritual desde febrero hasta diciembre, permitiendo a los visitantes participar en los mismos trabajos y oraciones que los monjes. La comunidad de la Bienaventuranza nació en 1973 y comprende tres ramas: hermanos consagrados y sacerdotes, hermanas consagradas que incluyen monjas, y laicos. Como dice el adagio: "entre monje y monja, pared de cal y canto".

Uno de los lugares más destacados para visitar es la cripta, cuya singularidad la diferencia de otras iglesias o monasterios. Generalmente subterráneas, en este caso, debido a la construcción sobre roca, la cripta es más bien una iglesia baja. Consta de tres bóvedas que terminan en tres ábsides en forma de horno, presentando una doble arquitectura: una primera parte con bóvedas de arista y seis columnas de granito con capiteles, y una segunda con bóvedas de cañón, arcos dobles y pilares cruciformes.

La cripta es la original, ya que cuando los monjes abandonaron la abadía, la cerraron con un muro, impidiendo la entrada durante los casi 120 años que el monasterio permaneció abandonado. Dedicada a la Virgen, conocida como Nuestra Señora Subterránea, la cripta es un espacio ideal para la oración silenciosa, donde la meditación y el recogimiento encuentran su más profunda expresión.

En la parte izquierda de la cripta estaban enterrados los padres abades que dirigieron la abadía, cuyas placas funerarias se encuentran ahora en el claustro inferior, dejando solo las tumbas en la cripta. Este lugar sagrado ofrece un ambiente donde, como dicen, se puede oír el silencio, invitando a la reflexión y la paz espiritual.

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La iglesia abacial de San Martí del Canigó, siguiendo un plano basilical, cuenta con tres bóvedas que culminan en tres ábsides en forma de horno, y dos pilares en el centro que separan el coro. Esta iglesia fue en su momento un importante destino para los peregrinos, ya que albergaba las reliquias de San Galderic, el santo patrón de los campesinos catalanes. Los peregrinos acudían a la iglesia para pedir la protección del santo contra las inclemencias climáticas.

La iglesia destaca por sus capiteles sencillos y su atmósfera austera pero devota. En su interior, se encuentra una estatua de San Galderic, junto a la cual se conservan sus reliquias. Al fondo, a mano derecha, se puede ver un mantel de altar que data del siglo XIV, elaborado con un delicado punto de cruz. Además, la iglesia alberga un busto de monseñor Carsalade du Pont, el restaurador de la abadía, y una copia en madera sencilla de Nuestra Señora Subterránea.

Este espacio sagrado, con su rica historia y elementos patrimoniales, ofrece un refugio espiritual y un testimonio de la devoción que ha perdurado a lo largo de los siglos.

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Al salir de la iglesia abacial, nos encontramos con una terraza que da al claustro. Desde esta parte elevada, se observa perfectamente el jardín bien cuidado, un lugar de profunda importancia para los monjes. Ellos siempre dirigen su mirada hacia este jardín interior, nunca hacia fuera del claustro. Desde el jardín, pueden alzar la vista hacia el cielo, simbolizando así el jardín del Edén.

Originalmente, el claustro era una obra magnífica del arte románico meridional, datada en 1026. Sin embargo, el terremoto que asoló la región en 1428 destruyó gran parte de su estructura, incluyendo su distintivo techo piramidal.

El campanario, aunque reforzado con dos ventanas superiores, fue una de las partes menos afectadas por el terremoto. En su exterior, se puede observar que las ventanas están separadas por una columna con un capitel en forma de muleta. Dentro del campanario, hay un oratorio dedicado a San Miguel Arcángel, consagrado en 1009, junto a la cripta dedicada a Nuestra Señora y la iglesia abacial a San Martín.

En el mismo pasillo donde se encuentra el campanario, en la parte superior, hay dos tumbas antropomorfas. La tumba superior, de 2,17 metros, corresponde al conde Wifredo II, quien se hizo monje en 1035 y fue enterrado allí tras su muerte en 1049. La tumba inferior, de 1,70 metros, corresponde a su primera esposa, la condesa Guisla de Pallars, quien murió muy joven. Actualmente, solo se conserva la tumba cavada en la roca.

Cuando los últimos monjes abandonaron el monasterio en 1783, trasladaron los restos del conde Wifredo II y su segunda esposa, la condesa Elisabet, a un mausoleo en la pequeña iglesia de Casteil. Lamentablemente, fue posteriormente destrozada por las tropas de Napoleón.

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