HOSPITAL REYES CATÓLICOS
Un paseo por el célebre Paseo de San Saturio, que discurre junto a las orillas del río Duero, conduce hasta uno de los rincones más sorprendentes de Soria. El recorrido comienza cerca de los arcos del monasterio de San Juan de Duero y avanza entre chopos, álamos y vegetación de ribera en un agradable trayecto llano de apenas quince o veinte minutos.

Texto y foto Guillermo Cachero
Mucho antes de alcanzar el destino, la vista se detiene inevitablemente en una imagen que parece surgir de la propia roca: la ermita de San Saturio, construida entre 1694 y 1704 sobre una cueva natural que domina el cauce del río. Su silueta, suspendida entre la piedra y el agua, evoca inevitablemente al viajero algunos de los santuarios más espectaculares del mundo. A mí me vino de inmediato el recuerdo del Nido del Tigre, el célebre monasterio de Taktsang, en Bután, encaramado a un acantilado del Himalaya.
La comparación no resulta exagerada. Si el monasterio butanés impresiona por desafiar el vacío desde las alturas, la ermita soriana cautiva por la armonía con la que se integra en el paisaje del Duero, convirtiendo la naturaleza en parte inseparable del monumento.

Además, cada estación del año transforma por completo el escenario. En primavera, el verdor de la ribera invade todos los sentidos y el río discurre rodeado de una exuberante vegetación. En otoño, en cambio, el paisaje se convierte en una paleta de colores donde los verdes, ocres, amarillos y rojizos se reflejan sobre las aguas del Duero, ofreciendo una de las estampas más bellas y evocadoras de Castilla.
Y es precisamente en este escenario privilegiado donde comienza la historia de San Saturio, el ermitaño que acabaría convirtiéndose en patrón de Soria y cuya memoria permanece ligada para siempre a estas rocas y a las aguas del Duero.
Según la tradición, nació en el siglo VI en el seno de una familia noble visigoda. Tras la muerte de sus padres repartió toda su fortuna entre los pobres y decidió retirarse a una cueva junto al río para llevar una vida de oración, silencio y contemplación.
Durante más de treinta años habitó aquellas grutas excavadas en la roca, aislado del mundo y entregado a la reflexión espiritual. Allí acudió un joven llamado Prudencio, que se convirtió en su discípulo y heredero espiritual. A la muerte de Saturio, fue el propio Prudencio quien depositó sus restos en la cueva donde había vivido como ermitaño. Con el paso de los años, Prudencio sería nombrado obispo de Tarazona y también venerado como santo.
Pero si para San Saturio estas orillas fueron refugio y retiro, para otro gran nombre de la historia española se convirtieron en fuente de inspiración. Muchos siglos después, el poeta Antonio Machado encontró en este mismo paisaje uno de los escenarios más queridos de su vida.
Para Machado, la poesía se hacía caminando. Sus paseos favoritos transcurrían precisamente por el sendero que une el Monasterio de San Juan de Duero con la Ermita de San Saturio, siguiendo el curso del río bajo la sombra de álamos y chopos. Allí observaba el cambio de las estaciones, el murmullo del agua y la sobria belleza de la tierra castellana.
Aquel paisaje acabaría impregnando las páginas de su obra más célebre, Campos de Castilla. En sus versos, la ermita y la figura del santo aparecen integradas en la esencia misma de Soria, no tanto como símbolos religiosos, sino como parte inseparable de la identidad espiritual y humana de estas tierras.
El vínculo del poeta con este lugar fue aún más profundo. Cuando su joven esposa, Leonor Izquierdo, enfermó de tuberculosis, Machado la llevaba con frecuencia por este camino para que respirara el aire puro del Duero. Sentada en un pequeño carrito, recorría lentamente la ribera mientras el poeta contemplaba el paisaje que tanto amaba. Bajo la sombra de los álamos, con la silueta de San Saturio recortándose sobre la roca y el río fluyendo sereno a sus pies, ambos compartieron algunos de los últimos momentos de felicidad antes de que la enfermedad cambiara para siempre el destino de sus vidas.
Por ello, visitar hoy la ermita no es únicamente acercarse a un monumento religioso. Es recorrer un espacio donde convergen la historia, la leyenda, la espiritualidad y la literatura; un rincón donde el recuerdo de un santo ermitaño y la sensibilidad de uno de los mayores poetas españoles siguen dialogando, silenciosamente, con el paisaje eterno del Duero.

Un santuario excavado en la roca
Una de las singularidades del edificio es que no se trata únicamente de una ermita construida sobre la roca, sino de un conjunto de estancias que se adaptan al interior de la montaña.
El recorrido obliga a ascender por varias dependencias comunicadas entre sí: la sala capitular, la capilla de San Miguel, la estancia donde supuestamente habitó el santo y, finalmente, la iglesia barroca decorada con frescos.
Esa sucesión de espacios produce la sensación de ir penetrando poco a poco en un santuario escondido entre la piedra y el río.
Los frescos barrocos
Las pinturas de Juan Antonio Zapata constituyen uno de los conjuntos barrocos más interesantes de Castilla y León.
Representan episodios de la vida de San Saturio, escenas religiosas, motivos alegóricos y trampantojos arquitectónicos que amplían visualmente los espacios interiores.
La luz tenue que penetra por las ventanas y el contraste con la roca natural crean una atmósfera muy especial.




























