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HOSPITAL REYES  CATÓLICOS

Úbeda brinda muchas visiones gracias a la extraordinaria belleza que guarda su patrimonio arquitectónico. Si visitarla durante el día es percibir la belleza de sus edificios renacentistas, cuando la luz diurna nos abre los sentidos y permite observar el color de cada piedra, la noche crea una percepción completamente distinta.

Texto y fotos: Guillermo Cachero

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Entonces, la luz artificial dibuja sombras sobre las esculturas que adornan las fachadas de sus iglesias y palacios, mientras las farolas iluminan plazas y calles creando el ambiente propicio para descubrir otra Úbeda. Una ciudad que, llegada la noche, parece incluso desafiar al objetivo de una cámara fotográfica para que sea capaz de captar y transmitir su peculiar hechizo.

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He pasado unas horas recorriendo, de día y de noche, esta ciudad monumental, joya del Renacimiento que desde 2003 comparte con Baeza la declaración de Patrimonio de la Humanidad. De hecho, sería lamentable visitar Úbeda y no acercarse hasta Baeza, situada a tan solo nueve kilómetros. En este reportaje, sin embargo, nos ocuparemos únicamente de Úbeda; más adelante realizaremos otro dedicado por completo a las dos ciudades.

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Ambas pertenecen a la provincia de Jaén, en Andalucía. Úbeda es una ciudad de edificios palaciegos y conventuales, aunque no todos sus monumentos más importantes son renacentistas. Buena parte de ellos datan de los siglos XVI y XVII, mientras que otros, construidos posteriormente, respetaron o imitaron en mayor o menor medida aquel lenguaje arquitectónico. El resultado es un centro histórico donde conviven la herencia medieval y una arquitectura señorial de extraordinaria calidad que ha convertido a Úbeda en una de las grandes joyas del Renacimiento español.

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Familias, poder y una puñalada trapera

Úbeda, enclavada sobre un terreno elevado, estuvo rodeada de murallas para garantizar su protección, especialmente por su situación estratégica frente al reino nazarí de Granada. Después de la conquista cristiana, la ciudad fue repoblándose con familias castellanas, y entre los diferentes linajes que fueron adquiriendo poder sobresalieron nombres como los Cueva, Molina, Aranda y Trapera.

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Cuatro familias con delirios de grandeza y una desmedida ambición de poder que terminarían escribiendo algunas de las páginas más negras de la historia de la ciudad.

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El grado de enfrentamiento llegó a ser tal que una disputa entre miembros de las familias Aranda y Trapera acabó en tragedia. Cuenta una tradición muy arraigada en Úbeda que un Aranda fue apuñalado por la espalda por un Trapera. Herido, corrió a refugiarse en la iglesia de Santo Tomás —hoy desaparecida—, quizá convencido de que encontrarse en un lugar sagrado sería suficiente para salvarle la vida.

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No fue así.​

El Trapera entró tras él y allí mismo, junto al altar y justo en el momento de la consagración, lo remató de una nueva puñalada. Una acción considerada vil y traicionera que la tradición ubetense relaciona con una expresión que ha llegado hasta nuestros días y que todos hemos utilizado alguna vez: «dar una puñalada trapera».

Aunque, eso sí, existen otras teorías sobre el verdadero origen de la expresión.

Y aunque pudiera parecer que semejante acción sería suficiente para poner fin a las rencillas, no fue así. Durante generaciones, los enfrentamientos entre los grandes linajes continuaron. Detrás de aquellas disputas estaba algo mucho más importante que una simple enemistad familiar: poseer el control del Alcázar significaba controlar buena parte del poder de la ciudad.

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Las rivalidades alcanzaron tal intensidad que finalmente llegaron a oídos de la Corona, que tomó una decisión drástica. En 1506 ordenó derribar las murallas y torres del Alcázar, iniciándose un proceso de desmantelamiento que continuaría a lo largo del siglo XVI. Parte de los solares resultantes fueron ocupados por nuevas construcciones y los materiales procedentes de aquellas estructuras acabaron reutilizándose en la transformación urbana de la ciudad. Las excavaciones arqueológicas han documentado tanto el derribo de las fortificaciones como la posterior construcción de palacios sobre terrenos del antiguo Alcázar. 

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Paradójicamente, las piedras que durante siglos habían servido para defender y controlar Úbeda acabarían formando parte de la nueva ciudad que estaba a punto de nacer.

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La edad de oro de Úbeda

No sería hasta el siglo XVI cuando la ciudad viviría su gran edad de oro. Y en aquella transformación desempeñaría un papel fundamental una familia: los Cobos, cuya creciente riqueza e influencia contribuiría decisivamente al desarrollo de los grandes palacios y edificios renacentistas que terminarían cambiando la imagen de Úbeda.

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Aunque una de las primeras grandes viviendas de este nuevo periodo no perteneció a los Cobos. Fue la llamada Casa de las Torres, actual Escuela de Arte de Úbeda y declarada Monumento Histórico Nacional en 1921.

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Su promotor fue Andrés Dávalos de la Cueva, regidor de Úbeda y comendador de la Orden de Santiago. El propio Ayuntamiento la considera la primera gran mansión de Úbeda y destaca esa combinación de elementos medievales, góticos y del incipiente Renacimiento. Sus dos grandes torres, levantadas a modo de alcázar urbano, no eran únicamente elementos arquitectónicos: constituían una demostración de poder y prestigio nobiliario. 

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En su fachada aparecen también elementos decorativos que recuerdan todavía aquel mundo de caballeros y órdenes militares. 

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Francisco de los Cobos: de Úbeda al poder imperial

La familia Cobos alcanzaría una posición extraordinaria gracias a quien se convertiría en su miembro más ilustre: Francisco de los Cobos y Molina.

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Nacido en Úbeda en 1477, en el seno de una familia hidalga, siendo todavía muy joven marchó a Granada, donde comenzó una trayectoria que acabaría llevándolo mucho más lejos de lo que probablemente él mismo hubiera podido imaginar. Su tío, Diego Vela, contador y secretario de la reina Isabel la Católica, desempeñaría un papel importante en aquellos primeros pasos dentro de la administración.

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Sus pretensiones iniciales se quedaron cortas frente a todos los cargos y honores que llegaría a acumular a lo largo de su vida: caballero de la Orden de Santiago, comendador mayor de León, adelantado de Cazorla, contador mayor de Castilla, secretario del emperador Carlos V y señor de diferentes villas y territorios.

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Francisco de los Cobos acabaría convirtiéndose en una de las personalidades más influyentes y poderosas de su época.

Pero tener poder y dinero no significaba pertenecer a la alta nobleza.

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Y Cobos también quería eso.

Contaba alrededor de cuarenta y cinco años cuando decidió casarse y, para ello, eligió a María de Mendoza y Sarmiento, una jovencísima aristócrata de apenas catorce años, perteneciente a una de las grandes familias nobiliarias castellanas.

Cobos había conseguido fortuna, poder e influencia en la corte, pero todavía le faltaba algo que el dinero, por sí solo, difícilmente podía proporcionarle: unir su apellido al de uno de los grandes linajes de la aristocracia.

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Por su parte, la familia de María, a pesar de su elevada posición nobiliaria, tenía una numerosa descendencia —once hijos— a la que debía procurar las uniones más convenientes. Dicho de una manera menos diplomática: había que ir «colocándolos» bien y, especialmente, a las hijas.

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El acuerdo resultaba perfecto para ambos. Francisco de los Cobos aportaba riqueza, poder y una extraordinaria influencia junto al emperador; María de Mendoza, juventud y aquello que él todavía no poseía: linaje y nobleza.

Fue, en definitiva, uno de aquellos matrimonios de conveniencia tan habituales entre las grandes familias de la época. Una unión perfecta para las pretensiones de Francisco de los Cobos.

Había conseguido riqueza, poder y posición social.

Ahora le faltaba la eternidad.

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Panteón de Francisco de los Cobos:

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la Sacra Capilla del Salvador.Cumplido su objetivo de alcanzar la nobleza, a Francisco de los Cobos todavía le quedaba una última aspiración: la eternidad. Y para conseguirla, nada mejor que levantar en su Úbeda natal un panteón destinado no solo a acoger sus restos y los de su esposa, María de Mendoza, sino también a perpetuar su memoria.

 

Construir una capilla funeraria privada de semejante envergadura no era algo que estuviera al alcance de cualquiera. Para ello necesitaba autorización de Roma y la correspondiente bula papal. Pero De los Cobos no se conformó con asegurar el lugar donde reposaría su cuerpo: quiso también garantizar, en la medida de lo humanamente posible, la salvación de su alma. Para ello estableció una importante dotación religiosa destinada al culto y a las oraciones por él y su familia. En definitiva, procuró dejar bastante bien organizada su eternidad.

 

Para llevar a cabo semejante empresa eligió a Diego de Siloé, uno de los arquitectos más prestigiosos de su tiempo y una de las figuras fundamentales de la introducción del Renacimiento en España. Siloé trabajaba entonces como maestro mayor de la catedral de Granada y trazó el proyecto de la capilla en 1536. A partir de 1540, Andrés de Vandelvira asumió un papel decisivo en la continuación de las obras, realizando además las portadas laterales y la extraordinaria sacristía. La decoración escultórica de la fachada principal y de la propia sacristía quedó en manos del francés Esteban Jamete. Francisco de los Cobos no llegó a contemplar terminada su gran obra. Murió en 1547 y fue su esposa, María de Mendoza, quien se ocupó de que aquel deseo de eternidad se hiciera realidad.

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Una fachada concebida para ser leída

La fachada principal responde al modelo de arco triunfal y constituye una de las grandes manifestaciones escultóricas del Renacimiento español. Más que una simple portada, puede contemplarse como una auténtica enciclopedia de piedra en la que conviven el mundo cristiano, el Antiguo Testamento, la mitología clásica y, naturalmente, la exaltación de quienes financiaron el edificio. 

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Entre toda esa simbología sobresale la presencia constante de la heráldica de Francisco de los Cobos y de María de Mendoza. Los escudos recuerdan una y otra vez que, aunque se trate de un edificio religioso, estamos ante un panteón privado concebido para perpetuar la memoria de sus fundadores.

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Sobre el gran arco triunfal domina el relieve de la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor, el mismo episodio que volveremos a encontrar al entrar en el templo, en el retablo del altar mayor. El programa iconográfico se extiende por toda la portada mediante personajes bíblicos, figuras procedentes del mundo clásico y numerosas alusiones funerarias. No se trataba únicamente de decorar la piedra: cada figura formaba parte de un complejo discurso sobre la muerte, la salvación, el honor y la permanencia de la memoria. 

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Incluso los propios fundadores aparecen integrados simbólicamente en ese universo que mandaron construir. La fachada no deja demasiadas dudas acerca de quién debía ser recordado allí durante los siglos siguientes.

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Entre sus numerosas figuras encontramos también alegorías de virtudes, algunas mutiladas durante los acontecimientos de la Guerra Civil. Todo ello convierte la portada en un libro abierto cuya lectura requiere tiempo y conocimientos.

Son tantas las figuras y símbolos que sería imposible explicarlos todos sin convertir estas páginas en un tratado de iconografía. Quizá por ello la mejor manera de descubrirlos sea acercarse hasta Úbeda y dejar que alguno de sus excelentes guías nos revele los secretos que esconde una de las fachadas más extraordinarias del Renacimiento español.

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El interior: un templo construido para la eternidad

Al atravesar la puerta, el sentido funerario del edificio se hace todavía más evidente. Diego de Siloé concibió el interior mediante la unión de dos espacios diferentes: una nave longitudinal destinada al culto y una gran cabecera circular reservada al ámbito funerario de los fundadores. No fue una elección casual. La rotonda, cubierta por una monumental cúpula y relacionada formalmente con el modelo clásico del Panteón de Roma, introduce en el edificio la idea de eternidad. Bajo ese espacio se encuentra la cripta destinada a albergar los restos de Francisco de los Cobos y de su esposa, María de Mendoza. 

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La transición entre la nave y aquel espacio privado queda marcada por la magnífica reja de Francisco de Villalpando, realizada a mediados del siglo XVI. No se trata únicamente de un elemento ornamental: establece una frontera física y simbólica entre el espacio público del templo y el ámbito reservado a la familia. En su parte superior aparecen cuatro medallones con las Virtudes y, presidiendo el conjunto, el escudo de los Cobos. 

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Al levantar la mirada, la arquitectura adquiere otra dimensión. Las grandes columnas corintias sostienen el entablamento sobre el que discurre una galería, mientras la cabecera culmina en una cúpula de casetones, concebida siguiendo aquella tradición clásica que asociaba el espacio circular con el monumento funerario. La luz que penetra desde lo alto acentúa la verticalidad y conduce inevitablemente la mirada hacia la cubierta, como si toda la arquitectura hubiera sido pensada para elevarse desde la tumba hacia el cielo.

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Frente a nosotros se encuentra el altar mayor, presidido por la Transfiguración de Cristo, obra concebida por Alonso Berruguete. El conjunto original sufrió gravísimos daños durante la Guerra Civil y de él se conserva como pieza original fundamental la figura central de Cristo; el resto fue posteriormente reconstruido por Juan Luis Vassallo. De este modo, la Transfiguración que habíamos contemplado esculpida en la fachada reaparece ahora en el corazón del mausoleo. El mensaje difícilmente podía ser más apropiado para un panteón: la muerte entendida no como final, sino como tránsito hacia otra existencia. 

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Y bajo nuestros pies se encuentra la verdadera razón de ser de todo el edificio: la cripta funeraria. Allí fueron depositados los restos de Francisco de los Cobos y María de Mendoza. Sobre ellos se desplegó todo este extraordinario escenario de piedra, escultura, madera y símbolos. La fachada podía proclamar su poder ante los hombres; el interior debía asegurar su recuerdo y encomendar sus almas a Dios.

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Todavía queda una última sorpresa: la sacristía, una de las obras maestras de Andrés de Vandelvira. Su acceso ya anuncia que nos encontramos ante algo excepcional: una original puerta construida en esquina, resuelta con una extraordinaria habilidad arquitectónica y acompañada por una profusa decoración escultórica. En su interior, una nave longitudinal cubierta por bóvedas vaídas despliega el trabajo escultórico de Esteban Jamete, con cariátides, sibilas, figuras humanas, grutescos y representaciones relacionadas con virtudes y vicios. 

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Solo entonces se comprende plenamente la ambición de Francisco de los Cobos. No había encargado simplemente una iglesia ni una tumba. Había construido un monumento a su memoria, un lugar donde arquitectura, religión, poder y muerte quedaran unidos para sobrevivirle.

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Y, casi cinco siglos después, hay que reconocer que consiguió su propósito

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Palacio del Deán Ortega

Justo al lado del Panteón de Francisco de los Cobos se encuentra el Palacio del Deán Ortega, otro magnífico edificio renacentista del siglo XVI y cuya historia, como no podía ser de otra manera, vuelve a cruzarse con la del poderoso secretario de Carlos V.

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El personaje que le da nombre fue Fernando Ortega Salido, deán de la Catedral de Málaga, chantre de la Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares de Úbeda y primer capellán mayor de la Sacra Capilla del Salvador. Con el tiempo llegaría incluso a convertirse en albacea testamentario de Francisco de los Cobos.

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Y aquí aparece una de esas historias que nos contaron durante nuestra visita y que aportan bastante más picardía al asunto. Según esta versión, Francisco de los Cobos necesitaba la colaboración del deán para llevar adelante su gran proyecto funerario y le propuso convertirse en primer deán y capellán mayor de su capilla. Y, para terminar de convencerlo, habría puesto a su disposición un palacio situado justamente al lado.

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¿Un regalo, una forma de agradecimiento o, utilizando palabras más actuales, una especie de soborno? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

Lo que sí está documentado es que el palacio fue levantado a mediados del siglo XVI para Fernando Ortega Salido y que su construcción está estrechamente vinculada a Andrés de Vandelvira, aunque también intervino en su concepción el arquitecto real Luis de la Vega.

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Frente a la espectacular riqueza ornamental de la vecina Sacra Capilla del Salvador, el palacio presenta una arquitectura mucho más sobria, casi como si hubiera procurado no competir con el monumento funerario de quien había convertido aquella plaza en el gran escenario de su memoria. Su fachada, marcadamente horizontal y prácticamente desprovista de la exuberancia decorativa del Panteón, es precisamente una de las características que definen el edificio. 

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En su interior destaca especialmente el patio central, alrededor del cual se organiza el palacio. De planta cuadrangular y dispuesto en dos alturas, sus galerías descansan sobre unas esbeltas columnas en las que se ha señalado la influencia de la tradición granadina, creando una elegante combinación entre elementos de herencia nazarí y el nuevo lenguaje renacentista. 

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Y aquel palacio que nació en pleno Renacimiento tendría, casi cuatro siglos después, un destino completamente diferente. El 10 de noviembre de 1930 abrió sus puertas convertido en Parador Nacional de Turismo. Fue el segundo de España, después del inaugurado en la Sierra de Gredos, pero con una particularidad: el de Úbeda fue el primer palacio histórico transformado en Parador.

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Y todavía hoy continúa cumpliendo aquella función, permitiendo algo que Fernando Ortega Salido difícilmente habría podido imaginar: que cualquiera pueda dormir en su palacio... siempre, naturalmente, que pague la habitación.

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Plaza y Palacio Vázquez de Molina

Juan Vázquez de Molina, pariente de Francisco de los Cobos, fue el promotor de este extraordinario edificio. Como había ocurrido con su ilustre familiar, su carrera también estuvo estrechamente vinculada a la corte: desempeñó importantes responsabilidades al servicio de Carlos V y continuó ocupando la Secretaría de Cámara durante el reinado de Felipe II. 

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Para levantar su residencia en Úbeda eligió nuevamente a Andrés de Vandelvira. Las obras comenzaron hacia 1546 y se prolongaron hasta aproximadamente 1565. Vandelvira proyectó un enorme edificio exento, organizado alrededor de un patio central y distribuido en tres plantas, convirtiéndolo en una de las obras más clásicas y monumentales de toda su trayectoria. 

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Pero Juan Vázquez de Molina tenía un problema: no tenía herederos.

Ante la falta de descendencia decidió que buena parte de aquel palacio que había mandado construir se transformara en un convento para una comunidad de religiosas dominicas bajo la advocación de Madre de Dios de las Cadenas. Una parte quedó reservada como residencia particular y el resto comenzó a adaptarse a su nueva función religiosa. En 1566 la cesión ya se había producido.

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Y aquella transformación fue mucho más allá de instalar unas cuantas monjas dentro de un palacio. Hubo que modificar profundamente algunos de sus espacios para hacer posible la vida conventual. Dependencias de la planta baja se transformaron en iglesia y panteón funerario; se demolieron las antiguas caballerizas y la escalera principal para construir una capilla de una sola nave, con altar mayor elevado y coro. También se decoraron algunas dependencias con pinturas murales de temática religiosa, parte de las cuales, ocultas durante mucho tiempo, han llegado hasta nuestros días. 

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Tras la desaparición del convento como consecuencia de los procesos desamortizadores del siglo XIX, el edificio tuvo diferentes usos e incluso llegó a servir temporalmente como cuartel. Finalmente, en 1874 se convirtió en sede del Ayuntamiento de Úbeda, función que continúa desempeñando en la actualidad. 

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El edificio es conocido popularmente como Palacio de las Cadenas, denominación relacionada tradicionalmente con el antiguo convento de Madre de Dios de las Cadenas, aunque también existen otras interpretaciones sobre el origen del nombre.

Pero para comprender realmente el palacio hay que salir de él y contemplar dónde se encuentra.

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La gran plaza del Renacimiento

El Palacio Vázquez de Molina comparte espacio con el Palacio del Deán Ortega y la Sacra Capilla del Salvador, tres edificios fundamentales vinculados a la arquitectura renacentista de Úbeda y a la figura de Andrés de Vandelvira.

Todos se encuentran en la Plaza Vázquez de Molina, en pleno corazón monumental de la ciudad. Un espacio que concentra tal cantidad de edificios extraordinarios que se ha convertido en la gran imagen del Renacimiento ubetense. Aquí conviven el poder civil, el religioso y el nobiliario: palacios, iglesias, el panteón de Francisco de los Cobos, antiguas dependencias administrativas y otros edificios que han ido cambiando de función a lo largo de los siglos. El propio Ayuntamiento de Úbeda destaca que esta plaza terminó sustituyendo al antiguo Alcázar como nuevo centro de poder de la ciudad. 

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Entre sus monumentos se encuentran la Sacra Capilla del Salvador, el Palacio del Deán Ortega —actual Parador—, el Palacio del Marqués de Mancera, la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares y el propio Palacio Vázquez de Molina, actual Ayuntamiento. 

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Y en medio de semejante concentración monumental encontramos algo mucho más pequeño, pero con una historia que nos devuelve nuevamente a Francisco de los Cobos: una fuente renacentista.

Según la tradición histórica mantenida en Úbeda, la fuente se encontraba originalmente en el patio del palacio de Francisco de los Cobos y habría sido un regalo del Senado veneciano al poderoso secretario del emperador Carlos V. 

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El palacio de Cobos no corrió precisamente buena suerte. El abandono, los incendios, el expolio y las transformaciones sufridas a lo largo del tiempo hicieron desaparecer buena parte de las riquezas que había contenido. La fuente, sin embargo, sobrevivió. Quizá porque quienes buscaban objetos de mayor valor no encontraron demasiado atractivo en llevarse una enorme pieza de piedra.

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Por una vez, que algo pesara tanto sirvió para conservarlo.

Hoy la encontramos en los jardines de la plaza, con su pila octogonal decorada con relieves, recordándonos que también las piedras pueden tener una segunda vida. 

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En otro de los espacios de la plaza se levanta además la escultura dedicada a Andrés de Vandelvira, un homenaje especialmente apropiado. Pocos lugares permiten contemplar, con solo girar la mirada, tantas obras vinculadas al arquitecto que transformó para siempre la imagen renacentista de Úbeda. 

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Basílica y Real Colegiata de Santa María la Mayor de los Reales Alcázares de Úbeda

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Justo enfrente del Palacio Vázquez de Molina se encuentra la Basílica y Real Colegiata de Santa María la Mayor de los Reales Alcázares, declarada Monumento Nacional en 1926 y uno de los edificios que forman parte del conjunto monumental de Úbeda incluido, junto con Baeza, en la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO de 2003.

Es la iglesia principal de la ciudad y, posiblemente, uno de los edificios que mejor permiten comprender las diferentes culturas que han pasado por Úbeda, porque Santa María no nació de una única construcción ni pertenece exclusivamente a una época. Es el resultado de siglos de transformaciones arquitectónicas. 

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Tras la conquista de Úbeda por Fernando III en 1233, la antigua mezquita mayor de la ciudad musulmana fue consagrada al culto cristiano. A partir de entonces comenzó un larguísimo proceso de transformación que se prolongaría durante siglos. La iglesia que contemplamos hoy conserva elementos medievales, góticos, renacentistas, barrocos e incluso intervenciones de épocas posteriores. 

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Pero lo verdaderamente interesante es que la historia de este lugar comenzó mucho antes.

Las investigaciones arqueológicas han permitido encontrar vestigios de ocupaciones anteriores, y tradicionalmente se ha relacionado este espacio incluso con la existencia de un antiguo templo romano dedicado a la diosa Diana. Lo que sí conocemos con certeza es que aquí se encontraba la mezquita mayor de la Úbeda musulmana, parte de cuya organización espacial todavía puede reconocerse en el edificio cristiano: el claustro ocupa el espacio correspondiente al antiguo patio de abluciones y la disposición de las cinco naves conserva el recuerdo de aquella mezquita sobre la que terminó levantándose la iglesia. 

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Y esto nos lleva a una reflexión que se repite en numerosos lugares del mundo.

A lo largo de la historia, las nuevas religiones han tendido muchas veces a apropiarse de los espacios considerados sagrados por las culturas anteriores, transformándolos y adaptándolos a sus propias creencias. Una mezquita podía convertirse en iglesia; un antiguo santuario podía dejar paso a un nuevo templo y, bajo sus cimientos, permanecer las huellas de quienes habían rezado allí siglos antes.

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Quizá no fuera únicamente una cuestión de poder.

Desde las primeras civilizaciones, el ser humano ha considerado sagrados determinados lugares de la naturaleza: las cumbres de las montañas, los manantiales, los ríos, las cuevas o las cascadas. Lugares donde parecía existir una conexión especial entre el mundo terrestre y aquello que se encontraba más allá de él.

Y si una cultura anterior había elegido un determinado lugar para comunicarse con sus dioses, ¿por qué no pensar que aquel espacio poseía alguna cualidad especial?

Cambiarían los dioses, pero el lugar seguía siendo sagrado.

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Una iglesia levantada sobre siglos de historia

Santa María se encuentra adosada a la antigua muralla musulmana y su aspecto exterior resulta especialmente singular. No estamos ante la imagen convencional de una gran iglesia construida siguiendo un único proyecto, sino ante un edificio nacido de sucesivas transformaciones.

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Sus dos portadas monumentales, de carácter tardorrenacentista, conducen primero a uno de sus espacios más interesantes: el claustro gótico, construido entre finales del siglo XV y comienzos del XVI precisamente sobre el antiguo patio de abluciones de la mezquita. Desde allí se accede al interior del templo, formado por cinco naves de igual altura separadas mediante pilares y arcos ojivales, alrededor de las cuales se distribuye un extraordinario conjunto de capillas. 

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Una de sus entradas laterales es la conocida como Puerta de la Consolada, mientras que la fachada principal fue transformándose durante los primeros años del siglo XVII bajo el episcopado de Sancho Dávila y Toledo.

Entre columnas corintias aparecen las figuras de San Pedro y San Pablo, mientras que en el conjunto escultórico se incorporan personajes y alegorías que convierten nuevamente la piedra en un relato religioso. En el centro queda también constancia de quien participó en aquella transformación: el escudo del obispo Sancho Dávila.

Sobre la portada destaca especialmente el relieve de la Adoración de los Pastores, inspirado en un dibujo del pintor manierista italiano Federico Zuccaro, una de las piezas que mejor identifican la fachada tardorrenacentista del templo. 

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Pero quizá lo más interesante de Santa María no sea buscar en ella una unidad arquitectónica que nunca pretendió tener.

Su verdadera belleza reside precisamente en lo contrario: en contemplar un edificio en el que cada época fue dejando algo de sí misma. Bajo el templo cristiano permanece la memoria de la mezquita; junto al Renacimiento aparece el Gótico; y entre sus muros se superponen siglos de historia de una ciudad que fue cambiando de gobernantes, culturas y religiones sin abandonar nunca este mismo lugar.

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Plaza del Ayuntamiento y Monumento a los Caídos

Si frente a la fachada principal del Palacio Vázquez de Molina encontramos la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares, en su parte posterior se abre otro espacio muy diferente: la Plaza del Ayuntamiento, conocida durante mucho tiempo como Plaza de los Caídos.

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Allí, entre jardines y bajo la luz de una hermosa farola que durante la noche parece querer disputarle el protagonismo, se encuentra el Monumento a los Caídos, obra realizada en 1951 por el escultor gaditano Juan Luis Vassallo en granito y piedra caliza. 

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El monumento nació en una España todavía profundamente marcada por las heridas de la Guerra Civil y, aunque históricamente fue denominado Monumento a los Caídos, actualmente distintas fuentes culturales lo presentan como un recuerdo a todos los fallecidos en aquella contienda.

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La fotografía nocturna cambia por completo su percepción. La piedra queda casi oculta entre los árboles mientras la estructura de hierro de la farola, iluminada sobre el fondo negro, adquiere un protagonismo que durante el día seguramente pasaría inadvertido.

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Plaza Primero de Mayo

La Plaza Primero de Mayo, antigua Plaza del Mercado, presidida por la iglesia de San Pablo...Y no estamos ante una plaza cualquiera. Mucho antes de que la Plaza Vázquez de Molina se convirtiera en el gran escenario monumental del Renacimiento ubetense, este era uno de los centros de la vida pública de la ciudad medieval.

 

Aquí se celebraba el mercado y, hasta el siglo XV, se reunían el Concejo y los nobles de Úbeda. Jaén Paraíso InteriorPresidiendo la plaza encontramos el monumento dedicado a San Juan de la Cruz, realizado por el escultor Francisco Palma Burgos, mientras una hermosa farola monumental y los jardines contribuyen a crear uno de esos rincones que, especialmente al caer la noche, adquieren una atmósfera completamente diferente.

 

A uno de sus lados se levanta la iglesia de San Pablo, uno de los templos más antiguos de Úbeda. Sus orígenes se remontan al siglo XIII y, según la tradición histórica, fue levantada sobre el lugar que anteriormente había ocupado una mezquita.Pero la iglesia que hoy contemplamos no es exactamente aquella primera construcción medieval.En 1368, durante la guerra por la sucesión al trono de Castilla que enfrentó a Pedro I con su hermanastro Enrique de Trastámara, San Pablo fue incendiada y saqueada.

 

Úbeda había tomado partido por Enrique y las luchas dejaron también su huella sobre el templo. La mayor parte del edificio que contemplamos actualmente corresponde a la reconstrucción realizada después de aquellos acontecimientos, aunque conserva elementos de su primera fábrica y recibió importantes reformas durante los siglos posteriores.

 

Por eso San Pablo resulta especialmente interesante: no pertenece a un único estilo ni a una única época. Conserva elementos tardorrománicos, como la conocida Puerta de los Carpinteros; otros claramente góticos, entre ellos su espectacular portada gótico-isabelina abierta hacia la plaza; y añadidos renacentistas posteriores. En el siglo XVI se incorporó también el denominado Tabladillo, una galería desde la que se proclamaban disposiciones eclesiásticas y municipales y se contemplaban los actos públicos celebrados en la plaza.

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Iglesia de San Pablo

A pesar de todas las transformaciones sufridas a lo largo de los siglos, San Pablo conserva todavía las huellas de las distintas épocas por las que ha pasado. De su primera fábrica medieval quedan escasos vestigios, mientras que las sucesivas ampliaciones y reconstrucciones fueron incorporando nuevos elementos hasta configurar el templo que contemplamos en la actualidad.

 

Su importancia histórica y artística fue reconocida oficialmente el 8 de mayo de 1926, cuando fue declarada Monumento Histórico-Artístico, protección que actualmente mantiene como Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento. Pero hay un elemento en su exterior que llama especialmente la atención y que resulta difícil encontrar en otras iglesias españolas: el Tabladillo.

 

Adosado a la fachada que da a la antigua Plaza del Mercado encontramos esta pequeña galería renacentista, incorporada a la iglesia durante el siglo XVI. Su nombre procede del tablado de madera que antiguamente permitía acceder hasta ella. Desde este privilegiado balcón se leían públicamente las disposiciones eclesiásticas y los acuerdos del Concejo y, al mismo tiempo, servía para contemplar los diferentes acontecimientos que tenían lugar en la plaza.

 

No debemos olvidar que durante siglos aquella plaza fue uno de los principales escenarios de la vida cotidiana de Úbeda. Allí se celebraba el mercado, tenían lugar festejos y otros acontecimientos públicos y se concentraba buena parte de la población. Iglesia, Concejo y plaza formaban, por tanto, parte de un mismo espacio social.Se dice que el Tabladillo tiene su precedente al otro lado del Atlántico, en las capillas abiertas que los españoles construyeron en América durante el proceso de evangelización.

 

En determinados lugares, especialmente en México, los religiosos celebraban ceremonias al aire libre ante grandes concentraciones de indígenas, utilizando espacios abiertos vinculados a las iglesias.Según esta versión, algunos ubetenses que habían viajado a América conocieron aquellas construcciones y, al regresar, trasladaron la idea a su ciudad.

 

El Tabladillo permitía así dirigirse desde la propia iglesia a las personas reunidas en la plaza sin necesidad de que estas accedieran al interior del templo.Aunque no existe documentación histórica que permita asegurar que este fuera realmente su origen, lo que sí sabemos es que el Tabladillo cumplió precisamente esa función de comunicación entre la iglesia y la plaza.

 

Desde allí se proclamaban disposiciones civiles y religiosas y se seguían los diferentes acontecimientos públicos que tenían lugar a sus pies.No debemos olvidar que la actual Plaza Primero de Mayo era entonces la Plaza del Mercado, uno de los principales escenarios de la vida cotidiana de Úbeda. Allí se comerciaba, se celebraban festejos y se concentraba buena parte de la población.

 

De esta manera, San Pablo no fue únicamente un lugar destinado al culto. Durante siglos estuvo íntimamente ligada a la vida política y social de Úbeda: dentro se rezaba; fuera se comerciaba, se proclamaban las decisiones del Concejo y se celebraban los grandes acontecimientos de la ciudad.

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Casa Sabater – Palacio Vela de los Cobos

Francisco Vela de los Cobos, descendiente de aquella poderosa familia que tanta importancia alcanzó en la Úbeda del siglo XVI, fue el promotor de este palacio renacentista, cuyo proyecto encargó en 1551 a Andrés de Vandelvira.

Una vez más nos encontramos, por tanto, con la huella del arquitecto que parece acompañarnos durante buena parte de nuestro recorrido por Úbeda.

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El edificio conserva magníficamente su fachada original del siglo XVI, una de las más elegantes de la arquitectura civil renacentista de la ciudad. En ella destaca especialmente el balcón esquinado, sostenido por una fina columna de mármol, un recurso arquitectónico que posteriormente tendría una notable difusión en otros palacios ubetenses. 

Pero si exteriormente seguimos contemplando el palacio que concibió Vandelvira, al atravesar sus puertas viajamos varios siglos hacia delante.

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En 1873, cuando el edificio se encontraba en un lamentable estado de conservación, fue adquirido por Ignacio de Sabater y Arauco, quien emprendió una profunda restauración de su interior. De esta manera se produjo una curiosa convivencia que todavía hoy caracteriza al palacio: por fuera, el Renacimiento del siglo XVI; por dentro, el refinamiento del siglo XIX. 

Y precisamente su interior es una de las razones por las que este palacio resulta diferente de otros edificios monumentales que encontramos durante nuestro recorrido.

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La familia conservó y fue reuniendo a lo largo de generaciones mobiliario, obras de arte y diferentes colecciones, entre las que destacan porcelanas y cerámicas, además de una importante biblioteca y un valioso archivo histórico. A todo ello fueron incorporándose las piezas reunidas posteriormente por la familia Sabater, de manera que recorrer sus habitaciones no significa únicamente visitar un edificio renacentista, sino entrar en una casa que ha continuado acumulando su propia historia. El Ayuntamiento destaca precisamente sus colecciones pictóricas, escultóricas y de mobiliario, además de la biblioteca y el archivo. 

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Y existe otra particularidad todavía más interesante: el Palacio Vela de los Cobos continúa siendo una residencia privada habitada por sus propietarios, algo excepcional entre los grandes palacios históricos de Úbeda. A pesar de ello, su interior puede visitarse mediante recorridos organizados. 

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Durante años esas visitas han tenido además un atractivo muy especial, porque era habitual que fuera el propio propietario, Natalio Rivas Sabater, quien guiara personalmente a los visitantes por las habitaciones de su casa, mostrándoles las colecciones y relatándoles la historia familiar. La propia Junta de Andalucía recoge que las visitas eran generalmente dirigidas por él.

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Quizá sea precisamente eso lo que hace diferente al Palacio Vela de los Cobos. No entramos únicamente en un monumento del siglo XVI convertido en museo, sino en una casa que, casi cinco siglos después de su construcción, continúa habitada. Entre muebles, cuadros, porcelanas, libros y documentos, cada generación ha ido dejando algo de sí misma.

Vandelvira construyó el palacio; los Sabater, siglos después, consiguieron que continuara teniendo vida.

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Una ciudad típicamente andaluza y su Calle Melancolía

 

Úbeda no son únicamente sus edificios renacentistas concentrados en el casco histórico. Basta con abandonar por un momento sus grandes palacios para encontrarnos con otra ciudad, mucho más cotidiana, que conserva en sus calles buena parte de ese carácter que identificamos inmediatamente con Andalucía.

 

En muchas de sus viviendas encontramos balcones repletos de flores, el trabajo artesanal de las rejas protegiendo puertas y ventanas, fachadas encaladas y paredes revestidas de azulejos. Una arquitectura mucho más sencilla que la de Vandelvira, pero que también forma parte de la personalidad de Úbeda.

 

Y, naturalmente, estamos en Jaén, por lo que resulta prácticamente imposible olvidarnos de aquello que rodea la ciudad nada más abandonar sus calles: el olivar.Aquí podemos entrar en tiendas donde oler, probar y catar ese oro verde que constituye una de las grandes riquezas de la provincia. Jaén posee alrededor de 550.000 hectáreas de olivar y unos 66 millones de olivos, un inmenso bosque cultivado que ocupa más de una cuarta parte de toda la superficie española dedicada al olivar.

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En una campaña normal, de esta provincia puede salir alrededor de la mitad del aceite de oliva producido en España y más del 20 % de la producción mundial.Después de contemplar desde Úbeda aquel mar de olivos extendiéndose hasta donde alcanza la vista, uno comprende perfectamente por qué aquí al aceite de oliva se le llama oro líquido.Y difícilmente podemos marcharnos de Úbeda sin llevarnos una botella. Después de todo, pocos recuerdos de viaje permiten regresar a casa, abrirlos, echar un poco sobre una rebanada de pan y recuperar durante unos instantes el sabor del lugar que acabamos de dejar.

 

Pero Úbeda tiene también otro patrimonio mucho más contemporáneo.La Calle Melancolía. Porque esta es también la ciudad donde nació Joaquín Sabina.Y no hace falta buscar demasiado para encontrar sus huellas. Precisamente en la Plaza Primero de Mayo, de la que acabamos de hablar al visitar la iglesia de San Pablo, encontramos el número 20. Allí nació Joaquín Sabina el 12 de febrero de 1949 y una placa de cerámica colocada en su fachada recuerda hoy al visitante que aquel fue el hogar del futuro cantautor.Son muchos sus seguidores que llegan hasta aquí buscando algo de la vida de Sabina en la ciudad. Pero para quienes quieran adentrarse un poco más en su universo hay que continuar caminando hasta el número 57 de la calle Real.

 

Allí encontramos la Taberna Calle Melancolía, cuyo nombre toma prestado el título de una de sus canciones más conocidas y que se ha convertido en una especie de pequeño templo dedicado al artista.Desde la fachada, donde no podía faltar el característico bombín asociado a su imagen, hasta un interior repleto de fotografías, recuerdos y referencias a sus canciones, todo gira alrededor de Joaquín Sabina. Y mientras uno contempla aquellas imágenes puede sentarse, pedir algo de beber y acompañarlo con alguna de las tapas del día.

 

Curiosamente, existe además una conexión entre la taberna y la casa natal del cantante. Alfonso Cobo, responsable de Calle Melancolía y artista local, fue precisamente quien realizó la placa de cerámica que hoy identifica la vivienda de la Plaza Primero de Mayo. La idea surgió porque eran muchos los visitantes que llegaban a su establecimiento preguntando dónde se encontraba la casa en la que había nacido Sabina.Así que quizá no haya mejor lugar para terminar nuestro recorrido.Comenzamos descubriendo una Úbeda de nobles enfrentados por el poder, de palacios renacentistas, iglesias levantadas sobre antiguos lugares sagrados, secretarios imperiales preocupados por dejar asegurada incluso su eternidad y arquitectos capaces de transformar la piedra en arte.Y terminamos sentados en una taberna.

En la Calle Melancolía.

REVISTA OTROS DESTINOS

NÚMERO 81

Pashupatinath es solo una de las muchas etapas de este viaje por Nepal. En la edición completa de Otros Destinos descubrirás también Katmandú, Bhaktapur, Patan, Pokhara y otros lugares que revelan la extraordinaria riqueza histórica, cultural y paisajística del país.

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