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 Teixadal de Casaio

El Teixadal de Casaio, en el Macizo de Peña Trevinca y perteneciente al municipio ourensano de Carballeda de Valdeorras, se yergue majestuoso en el fondo de una ladera, donde las alturas superan los dos mil metros, abarcando una extensión de 2 hectáreas. La especie predominante en este lugar son los imponentes tejos. Su singularidad radica en su origen, único en toda Europa: surgió de manera espontánea en el Terciario, hace más de 400,000 años, sin intervención humana, y su presencia actual es verdaderamente significativa, albergando alrededor de 400 ejemplares.

Textos y fotos: Guillermo Cachero

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Para alcanzar este enclave, partimos en vehículos 4x4 hasta el punto accesible por carretera, desde donde iniciamos una travesía a pie de aproximadamente 5 kilómetros, bordeando el curso del río Sil. Aquí se aprecian las marcadas sombras de los tejos, entremezclados con robles, acebos, abedules y serbales.

El acceso al Teixadal involucra atravesar terrenos de antiguas minas de pizarra y wolframio, ascendiendo desde la ermita de San Xil en Rozadais hasta el Paso do Seixo. A partir de este punto, dejamos atrás el paisaje lunar de las explotaciones mineras para sumergirnos en la maravillosa belleza del valle del arroyo San Gil, con los picos del Macizo de Trevinca y el Teixadal como telón de fondo.

El sendero, inicialmente rocoso y pedregoso, ofrece un espectáculo botánico de singular belleza. Adentrarse en él es sumergirse en un mundo mágico, un recorrido desafiante reservado para aquellos en óptima forma física. Tal vez sea su inaccesibilidad la clave de su supervivencia.

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Si decides adentrarte en el Teixadal, es esencial hacerlo con el respeto que merece, casi como si se tratase de un espacio sagrado. La erosión del suelo debido a la actividad humana es la principal amenaza. Es crucial mantenerse en el sendero designado, evitar tocar o dañar los árboles y mantener la tranquilidad para no perturbar la fauna local, otorgando al bosque y sus habitantes el sosiego que merecen.

A lo largo de este recorrido, nos encontramos con arroyos y pequeñas cataratas, maravillándonos con la belleza que la naturaleza nos brinda en nuestro trayecto. Los guías expertos en botánica nos acompañan, revelándonos la sabiduría oculta en cada rincón de estas montañas, desde la flora hasta los animales que llaman a este lugar su hogar.

Entre los robles, se distinguen unas bolas en sus ramas conocidas como agallas, un fenómeno vegetal anómalo originado por la picadura de una avispa, depositando sus huevos y manipulando a la planta para su propio beneficio. Como respuesta protectora, el árbol genera esta protuberancia. La larva introducida inicia un proceso que culmina con el nacimiento de un nuevo insecto, si logra abrir la agalla. Es un testimonio fascinante de la interacción entre especies en este ecosistema singular.

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En este fascinante lugar de maravillas infinitas, cada rincón revela nuevos secretos. Sumergidos en un viaje enriquecedor, guiados por expertos cuyos conocimientos nos envuelven, nos topamos con la Lobaria pulmonaria. Esta joya natural es una simbiosis única entre un alga y un hongo, donde la magia de la asociación radica en la humedad que el hongo provee al alga, permitiéndole subsistir fuera del agua.

La Lobaria pulmonaria, sensible guardiana de la calidad del aire, prefiere adherirse a la corteza de árboles ancestrales. Desde robustos robles hasta alisos y fresnos, incluso conquistando coníferas como pinos y abetos, este ser vive su vida entre niveles moderados de humedad y la danza sombreada, buscando refugio en lugares donde el aire conserva su pureza.

Es un espectáculo para los sentidos, un ser distinguido que se adorna en entornos antiguos, regalando su presencia como un indicador sensible de la salud del ecosistema. La Lobaria pulmonaria, testigo silencioso de la calidad del aire, contribuye en la armonía del bosque, revelando con su presencia el equilibrio ambiental que tanto anhelamos preservar.

En cada rincón de estos bosques ancestrales, se cierne su presencia, recordándonos la delicadeza y la importancia de mantener la pureza en el aire que respiramos. Un ser único y sensible que nos muestra, con su mera existencia, la intrincada conexión entre la naturaleza y la fragilidad de su equilibrio.

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En nuestra travesía, inmersos en la naturaleza, entre cascadas susurrantes y pendientes desafiantes, nos adentramos en el santuario arbóreo que acoge al majestuoso tejo. Este bosque, hogar del Taxus bacchasta, se erige en un reducto de vida ancestral, entrelazando serbales, acebos, fresnos, avellanos y robles bajo su dosel.

Forjado en el Terciario, hace más de 400.000 años, este bosque se erige en un prodigio sin la intervención del hombre. Resguardado en la Zona de Especial Protección de Peña Trevinca, este oasis de tejos, por su preferencia de crecimiento solitario, destaca como uno de los pocos remanentes naturales en Europa. Su predilección por climas templados húmedos lo ancla en bordes boscosos, escarpadas laderas y afloramientos rocosos.

El Teixadal de Casaio, un tesoro en la Tierra, alberga cerca de 500 tejos centenarios, algunos asomando a los cielos con más de 25 metros de altura, testigos de más de un milenio de historias. Adentrarse en este paraje exige la guía experta, pues su laberíntica densidad invita a perderse fácilmente.

Mitológico y mágico, el tejo ha sido reverenciado por culturas ancestrales como símbolo de inmortalidad y renacimiento. Vinculado a la rueda de la vida y la muerte, su capacidad de renacer desde fragmentos del tronco o raíces en el suelo lo convierte en un emblema eterno. Aquí, ramas caídas se convierten en semillas de nuevos árboles, perpetuando su ciclo vital.

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Más que un símbolo etéreo, el tejo era un centro ceremonial para muchas civilizaciones, donde se gestaban rituales y se elegían líderes, otorgándole una esencia mística. Incluso en la religión cristiana, perdura su influencia en nombres de iglesias y santuarios, como Nuestra Señora de la Tejeda, en Garaballa, Cuenca, o la iglesia de El Tejo, en Valdáliga, Cantabria.

No obstante, su trascendencia va más allá de lo místico, adentrándose en la medicina. Partes del tejo, como su corteza y hojas, albergan el preciado taxol, un compuesto vital en tratamientos contra el cáncer, capaz de frenar la división celular. Sin embargo, la extracción directa de esta sustancia conlleva riesgos, ya que otras partes del árbol, como semillas y corteza, contienen taxinas venenosas.

A pesar de su valía, el tejo se enfrenta a un declive global. La sobreexplotación, especialmente durante conflictos bélicos, como las guerras entre Inglaterra y Francia, marcó su decadencia. La madera de tejo, apreciada por su flexibilidad en la fabricación de arcos, llevó a la tala indiscriminada de estos bosques, convirtiéndolos en un recurso codiciado.

Además de su uso en la fabricación de arcos, el tejo también se utilizaba para envenenar las puntas de flechas con la toxina y tenía aplicaciones en la elaboración de ejes de carro, instrumentos musicales y en la construcción de cabañas, algunas de las cuales, se encuentra en este bosque que sirvieron como refugio para los maquis durante la guerra civil española, en su lucha contra el régimen franquista, se observa que las vigas que sostenían el techo era de madera de tejo. 

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Mina de Valborraz: Un Testimonio Olvidado de la Historia y el Museo de Vilanova de Trevinca  

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En este breve informe, nos adentramos en la intrigante historia de dos minas de Wolframio en la región. La primera, conocida como la mina de los Alemanes, se encuentra en Valborraz, O Casaio, Carballeda de Valdeorras, en el flanco sur del Sinclinal de Truchas, a una altitud de 1.300 metros. Esta mina, asentada sobre terrenos de pizarras y cuarcitas de las eras ordovícica y silúrica, ha sido testigo de un proceso metamórfico significativo desencadenado por la llegada de granitos con diques de cuarzo.

Por otro lado, la segunda mina, ubicada en Vilanova de Trevinca, inició su explotación en 1918, durante el auge de la Primera Guerra Mundial, operando hasta 1952.

Vilanova de Trevinca es hoy un enclave apacible perteneciente al municipio de A Veiga, resguardado a unos 1.220 metros sobre el nivel del mar, habitado por entre 8 y 10 residentes durante los meses más fríos.

Si visitas esta encantadora aldea, te recomiendo hacer una parada en la casa rural O Trisquel. Su propietario, Cholo, con un conocimiento profundo de la zona, no solo ofrece servicios de alojamiento y restauración, sino que también puede guiarte en la ruta de senderismo circular de poco más de 6 kilómetros que recorre la mina, situada a 1.370 metros, y su entorno, el valle del río Maluro.

Cholo, apasionado del montañismo, es un verdadero experto en la historia y la importancia del Wolframio en la región.

Gracias a su conocimiento sobre lo que representó este mineral, se está gestando la creación de un museo en Vilanova de Trevinca. Este museo contará la apasionante historia de este mineral descubierto en 1783 por dos hermanos vascos, Juan José y Fausto Elhuyar Lubice. Su hallazgo propició la producción de ácido tungsteno a partir de la Wolframita mediante un proceso químico innovador. Este espacio no solo honrará la historia del mineral, sino que también será un testimonio vivo de su relevancia regional desde sus inicios hasta su impacto en la historia industrial y científica.

El museo se está instalando en una antigua vivienda abandonada, donde se guarda una reliquia: una antigua máquina de vapor. Se presume que este modelo, fabricado en 1918 por Ruston, Proctor & CO en Lincoln, Inglaterra, llegó a estas tierras cerca de 1940. A pesar de su deterioro, se planea restaurar esta "Locomóvil" para exhibirla en el museo, destacando la importancia de las minas de Wolframio en la comarca desde 1918 hasta 1950.

La historia de esta "Locomóvil", llamada así por su capacidad de trabajo y movilidad, se relaciona con un combustible particular: el "torgo", raíz del brezo. Esta planta no solo ofrecía calor, sino que sus raíces eran valiosas para la elaboración de pipas de fumar, empleadas en las viviendas locales como fuente de calor. A pesar de su eficiencia como brasero, el peculiar aceite que desprendía al quemarse dejaba un olor desagradable en la piel y la ropa de quienes lo utilizaban.

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En 1820, el químico sueco Bercelius logró obtener tungsteno mediante una reducción con hidrógeno, marcando el inicio de un uso más extenso de este metal. A pesar de un desarrollo inicial lento, sus cualidades únicas lo distinguían: resistente, de alta densidad, difícil de fundir, con una dureza comparable a la del diamante, estabilidad ante el calor y productos químicos, buen conductor y bajo impacto ambiental. Este mineral, calificado como recurso mineral crítico por la Unión Europea, es escaso y se encuentra mezclado con otros minerales en la corteza terrestre.

La obtención del Wolframio implica su fusión con carbonato de sodio y agua caliente para obtener ácido clorhídrico, a partir del cual se obtiene ácido túngstico. Este, tras un proceso de composición, lavado y secado, se convierte en óxido de tungsteno, reducido posteriormente con hidrógeno en un horno eléctrico.

El descubrimiento de las propiedades del Wolframio marcó una revolución, especialmente en la fabricación de bombillas incandescentes. Su filamento, al ser cargado eléctricamente en un espacio vacío, se iluminaba sin fundirse, gracias a la capacidad del tungsteno de resistir temperaturas cercanas a los 6000 grados al entrar en fusión sobre los 400 grados.

Sus usos se diversificaron ampliamente: desde brocas industriales, herramientas dentales, componentes de motores y turbinas, hasta su presencia en pantallas LCD, interruptores eléctricos, cables de calefacción y sistemas de vibración de teléfonos móviles, entre otros.

Sin embargo, su papel más crucial se reveló durante la Segunda Guerra Mundial, cuando científicos nazis reconocieron su capacidad para proteger los tanques Panzer. Al recubrir el interior de los cañones con Wolframio, lograron que resistieran el impacto de los proyectiles, solucionando así un grave problema que enfrentaban estos vehículos.

La escasez de este mineral llevó a los nazis a buscarlo fuera de sus fronteras, y dado que en Rusia y China se encontraba el mineral, no eran precisamente estos dos estados afines a su causa, y la posibilidad de obtenerlo en Galicia, España, les resultó prometedora al contar con el respaldo del General Franco.

Descubierta a finales del siglo XIX por el ingeniero belga Edgar D´Hoore, un geólogo dotado de gran cultura y amante del montañismo, que llegó a Trevinca con la intención de explorar la riqueza de su tierra, se topó con un territorio que desafiaba sus suposiciones preconcebidas.

Surge entonces la empresa belga Mines de Wolfram de Valborraz, establecida para explotar esta mina de wolframio. Según la Estadística Minera de España y los informes oficiales, tras un inicio prometedor en 1913, la explotación se vio menguada por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Diversos avatares, entre ellos las restricciones financieras provocadas por la guerra y factores meteorológicos, como una tormenta en 1917 que destruyó el taller de procesamiento del mineral, contribuyeron a su declive. Tras el fin de la contienda en 1918, las instalaciones quedaron abandonadas.

No sería hasta 1938 que los alemanes adquirieron los derechos sobre la mina. Bajo la dirección de ingenieros alemanes, la actividad minera se mantuvo hasta el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, registrando sus mayores producciones en los primeros años del conflicto. La mano de obra recayó en 463 presos republicanos, empleados para redimir sus condenas trabajando en las minas. Junto a ellos, hombres, mujeres y niños de pueblos cercanos encontraron en este trabajo una fuente de ingresos.

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El yacimiento, localizado en pizarras de la formación Pizarras de Luarca, está asociado a granitos greisen izados cercanos. Se trata de un yacimiento filoniano con filones de cuarzo que contienen wolframio, a veces dispersos o concentrados en áreas adyacentes.

Las operaciones mineras cubrieron casi 2 kilómetros de longitud, alcanzando profundidades de hasta 500 metros. Se emplearon diversas técnicas, desde trincheras iniciales hasta galerías subterráneas. Aún se conservan escombreras y restos de instalaciones de lavado y preparación del mineral de distintas épocas.

El trabajo en las minas era sumamente peligroso: la extracción se llevaba a cabo en túneles estrechos de apenas 60 cm, donde al picar el material, el polvo levantado, a pesar de las precauciones donde se les proporcionaba un trapo para tapar nariz y boca, les afectaba gravemente los pulmones, causando silicosis. Además, los residuos de wolframio, al ser partidos, generaban un polvillo aún más perjudicial que la silicosis: microscópicas láminas de wolframio que, al ingresar al pulmón, causaban lesiones internas, a ello hay que añadir el arsénico. Para los presos políticos, trabajar en estas condiciones no representaba una redención de sus penas, sino más bien una condena a muerte sin la necesidad de recurrir a un pelotón de fusilamiento.

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Hay lugares que la naturaleza ha bendecido y la región de A Veiga es uno de esos tesoros privilegiados. Son múltiples las razones que respaldan esta afirmación. No es un destino masivo en términos turísticos, pero atrae a verdaderos amantes de los viajes: aquellos que anhelan sumergirse en la naturaleza en su máxima expresión, lejos de las multitudes. El destino predilecto para los viajeros que aman el Low Travel.

A Veiga, enclavada en el interior y diferente a otras zonas de Galicia, pertenece a la provincia de Ourense y es la única provincia gallega sin acceso directo al mar. Sin embargo, para quienes buscan visitar Galicia en verano por su clima magnífico, su exquisita gastronomía y sus playas de arena dorada y aguas cristalinas, aquí encuentran un paraíso.

A pesar de la ausencia de acceso directo al mar, A Veiga alberga dos tesoros: la espléndida playa de Coiñedo y su vecina, la playa de los Franceses, ambas bordeando las orillas del embalse de Prada. Estos rincones ofrecen un escenario perfecto para relajarse bajo la sombra de frondosos árboles o disfrutar del sol en la suave arena.

La playa de Coiñedo se alza como un tesoro entre montañas, desafiando la idea convencional de las playas costeras. Este remanso fluvial, en el borde del pueblo, deslumbra con su arena blanca y fina, ofreciendo un refugio de frescor y belleza en un entorno montañoso.

Por otro lado, la playa de los Franceses, evocadora con su nombre que rememora a los gallegos que emigraron a Francia y regresaron a su tierra, ofrece una amplia gama de actividades acuáticas. Desde el alquiler de piraguas hasta el pádel, surf o esquí acuático, aquí hay entretenimiento para todos. Su infraestructura con duchas, aseos y servicios de socorrismo asegura una experiencia segura y cómoda, sin olvidar su peculiaridad: ¡una isla central que añade aún más encanto!

Los entusiastas del catamarán pueden aventurarse en un emocionante paseo de una hora para explorar pueblos como Alberguería, sumergido bajo las aguas del embalse. Este viaje revela los encantos ocultos de las aldeas ribereñas y ofrece una perspectiva única de los ocho kilómetros del embalse.

Para concluir esta jornada idílica, el paseo fluvial desvela el Bosque de las Esculturas y el Aula de Naturaleza en la playa de Coiñedo. Esta playa, equipada con comodidades similares a su contraparte, invita a explorar la belleza natural en perfecta armonía con el entorno montañoso que la rodea.

En definitiva, A Veiga no tiene mar, pero se erige como un destino imperdible para un verano especial, donde la elección entre playa o montaña se vuelve irrelevante. La riqueza de sus playas fluviales y la majestuosidad de su entorno montañoso se conjugan para brindar una experiencia única, llena de diversión,y belleza natural.

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Nuestra próxima expedición nos lleva a explorar las majestuosas zonas montañosas de A Veiga. Partimos desde Vilanova de A Veiga para adentrarnos en un recorrido desde A Ponte de aproximadamente 14 km, entre ascensos y descensos que desvelarán los secretos naturales de la región.

Entre los tesoros geológicos de este territorio, destaca el imponente macizo de Trevinca, hogar de las montañas gallegas que superan los 2000 metros de altitud: Pena Trevinca, Pena Negra y Pena Surbia. Además, alberga el segundo conjunto más grande de lagunas glaciares en la península ibérica, después de los Pirineos. Dos de estas lagunas, Ocelo y A Serpe, se convierten en el centro de atención de esta excepcional ruta.

Trevinca A Veiga se erige como un destino ideal para el turismo de montaña, con senderos de dificultad moderada perfectos para los amantes del senderismo.

Nuestro objetivo es explorar a fondo la belleza natural de las lagunas de Ocelo y A Serpe, siguiendo un sendero que atraviesa la espectacularidad montañosa de la región. Durante el recorrido, nos sumergimos en paisajes diversos, desde densos bosques hasta praderas herbáceas y áreas de matorrales.

El primer tramo, desde A Ponte hasta la Laguna de Ocelo, abarca unos 5 kilómetros con una ascensión gradual que revela las huellas del glaciarismo. La laguna de Ocelo, a 1617 metros de altitud, muestra un circo glaciar y una vegetación escasa, resaltando especies como Isoetes y Potamogeton.

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El segundo tramo, entre las lagunas de Ocelo y A Serpe, atraviesa un territorio sin sendero definido, requiriendo atención y habilidades de navegación para sortear un terreno irregular y alcanzar los aproximadamente 1700 metros de altitud.

El tramo final de la ruta, desde la laguna de A Serpe hasta nuestro regreso a A Ponte, nos brinda vistas majestuosas. En este trayecto, podríamos avistar ciervos, corzos y aves como águilas reales, entre árboles como robles y serbales. Este tramo incluye subidas pronunciadas, puntos panorámicos y un descenso vertiginoso que culmina en el corazón de A Ponte.

Esta travesía, con sus desafíos y bellezas naturales, permite a los aventureros explorar la geografía única de Pena Trevinca, con lagos escondidos entre valles y montañas, preservando la esencia pura y salvaje de esta región gallega.

La Laguna da Serpe, una maravilla natural de origen glaciar que se formó en el periodo cuaternario, es un hallazgo excepcional en estas latitudes, tanto a nivel peninsular como europeo. Este tipo de glaciarismo de casquete, donde un casquete en lo alto de la montaña deslizaba el hielo en múltiples direcciones, se tradujo en la creación de este paisaje único que se aprecia durante todo el ascenso hacia esta laguna situada en el Macizo de Trevinca.

No obstante, no falta la magia en estas tierras. La leyenda cuenta que quien visite la laguna tiene la oportunidad de romper un antiguo maleficio que ha transformado a una princesa en la forma de una serpiente. Desde hace milenios, aguarda el regreso de un valiente joven que pueda liberarla y devolverle su aspecto real.

En cuanto a su flora, sobresale la Xanzá (Genciana), cuya raíz posee propiedades medicinales, y una planta carnívora que se encuentra en las turberas, también reconocida por sus propiedades medicinales. En el ámbito faunístico, destaca la rana patilonga, una especie amenazada debido a la contaminación de los regatos donde habita y la pérdida de vegetación por diversas actividades humanas. Además, es posible avistar ejemplares de la mariposa endémica Aricia morronensis ribbe, propia de zonas montañosas.

La Laguna do Ocelo, por su parte, tiene su origen en la desaparición de los hielos que formaban el casquete polar hace millones de años. Durante el ascenso hacia esta laguna, además de apreciar su belleza, se pueden admirar las magníficas vistas que ofrece todo el recorrido. En cuanto a la flora, se pueden encontrar la flor de San José (Narcisssus Pseudonarcissus nobilis), una planta típica de bosques húmedos del norte de España. En el ámbito faunístico, esta laguna es un punto de anidación para un tipo de somormujo pequeño y alberga una variedad de especies autóctonas como ciervos, corzos, muflones y gamos, así como el jabalí.

Siguiendo el trayecto de las Lagunas, se descubren también las Lagunas de Carrizais y la Laguna Laceira.

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Este viaje a Valdeorras y las montañas de Trevinca continúa revelando sorpresas. Si hasta ahora nos hemos deleitado con paisajes de una belleza inigualable, rutas de senderismo que nos adentraron en los misterios de la naturaleza, exploramos bosques de tejos y descubrimos las maravillas de ese árbol mágico y milenario, incluso playas en una zona sin mar, las lagunas de Ocelo y Serpe, y nos hemos empapado de la historia del mineral de wolframio, ahora nos encontramos maravillados al observar el cielo con una transparencia y nitidez que pareciera al alcance de nuestros dedos.

A esta altitud, la visión del cielo es excepcional, lo que hace que capturar fotografías sea incluso sencillo. Sin embargo, un consejo invaluable es no perder la oportunidad de visitar su observatorio astronómico, ubicado a 1300 metros sobre el nivel del mar y reconocido como Destino Starlight. Sus cúpulas albergan un telescopio Ritchey Chretien Robótico, configurado para llevar a cabo tareas de producción científica completamente automatizadas, junto con dos refractores apocromáticos de 100 y 150 mm, qué noche tras noche capturan impresionantes imágenes de manera autónoma. Además, ofrece la posibilidad de explorar un planetario y, por supuesto, recibir enseñanzas valiosas sobre el cielo a través de sus guías expertos.

Poco más se puede agregar a este destino excepcional, donde su relativo desconocimiento no le resta ni un ápice de brillo. Es un lugar completamente imprescindible para los amantes de la naturaleza, para aquellos que disfrutan del senderismo, para los paladares exigentes en gastronomía y para quienes encuentran en la belleza y la tranquilidad el núcleo de sus preferencias de viaje.

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